LA TEOLOGÍA EVANGÉLICA DEL MARTIRIO: EXPRESIÓN DE FE

1. INTRODUCCIÓN

 

            Con el término de martirio designamos una realidad central para la Iglesia, realidad que ha estado siempre presente a lo largo de su historia. Sin embargo, más que Iglesia de mártires, que también, es ella misma Ecclesiamartyr por su condición de testigo y, sobre todo, porque su íntima constitución expresa la forma Christi, la kénosis del Hijo, su seguimiento obediencial hasta entregar su vida para la salvación del mundo. Nacida del costado traspasado del Señor, la Iglesia habrá de hacer presente al Crucificado por amor hasta el final de los tiempos. Dentro de la comunidad eclesial, quienes padecen personalmente el martirio realizan de modo insuperable lo que es condición de la propia Iglesia. Por ello, no solamente habremos de comprender el martirio dentro del marco de la fe eclesial, sino que, a la inversa, la propia identidad eclesial se ilumina desde el martirio[1].

            Sin embargo, el martirio en la actualidad resulta notablemente complejo[2]. Abarca situaciones y formas muy diversas, al tiempo que las acusaciones y motivos que lo causan, al menos de modo explícito, responden a una gran variedad de causas. Gráficamente, recordemos algunos nombres de mártires bien conocidos y reconocidos en el siglo XX: Edith Stein, condenada a la cámara de gas en Auschwitz como judía; Maximiliano Kolbe que se ofrece a morir a cambio de otro prisionero; Oscar Romero acusado de subversivo y condenado por muchas personas cristianas; los monjes trapenses de Tibhirine que decidieron permanecer en Argelia a pesar de las amenazas de muerte. Todos ellos son mártires de Cristo y, sin embargo, es difícil unificarlos.

            Podríamos añadir, además, a esta situación en cierto modo confusa, otros elementos que dificultan una comprensión actualizada del martirio. El contexto de injusticia y violencia de nuestro mundo genera una inmensidad de víctimas inocentes, incluso víctimas a causa de sus propias creencias. A pesar de los puntos comunes que presentan con el martirio, importa captar la singularidad cristiana que se expresa en el modo de afrontar la muerte, en la coherencia con la totalidad de la vida y en el sentido de la dicha muerte. Al fin, el martirio –evidentemente, entendido desde el cristianismo- se distingue por la causa[3]: por Jesucristo y la causa del Reino, por fe y amor a Cristo, por las obras del amor y la justicia que nacen de Él[4]. El martirio acontece como consecuencia de la identidad creyente, consecuencia de la fe cristiana y su praxis, consecuencia del seguimiento de Jesucristo.

            Con una cierta frecuencia, se puede ver el encomio que despiertan los mártires de la caridad por su entrega a la humanidad sufriente, pero también es frecuente que se ignore justamente lo que les define en su identidad: ser creyentes y seguidores de Cristo, siendo siempre inseparables fe y caridad. Aquí se juega lo que es la misma Iglesia, la Ecclesiamartyr[5], en y para el mundo. Como expresión de fe, el martirio nos habla a toda la Iglesia de nuestra identidad profunda, de nuestra misión en la historia con la fuerza profética propia de todo don del Espíritu. Repensar el martirio no solamente hace justicia a los hermanos y hermanas que confiesan esta nuestra fe común hasta dar su vida, sino que recupera su palabra para vivir nuestra identidad eclesial como creyentes y testigos de Cristo hoy. Silenciar su nombre y su mensaje, o diluirlos en disputas ideológicas, significaría rechazar un carisma excepcional que, como todos los carismas, es don para la entera comunidad.

 

2. EN TORNO AL CONCEPTO DE MARTIRIO

 

            Martirio entendido como el testimonio cristiano hasta la muerte[6] es, en realidad, un concepto dinámico desde el comienzo de su uso en la Iglesia. A partir del significado general de “testimonio” se irá restringiendo su uso hasta aplicarse exclusivamente a quienes murieron por causa de su fe[7] a partir de mediados del siglo II. La necesidad de regular las canonizaciones llevó a su definición en el siglo XVIII como “voluntario sufrimiento o tolerancia de la muerte por la fe en Cristo o por otro acto de virtud referido a Dios”[8]. Desde entonces, la muy conocida expresión de “in odiumfidei” parece definir el martirio cristiano.

            Sin cuestionar su validez y vigencia, sería interesante volver la mirada a las fuentes evangélicas en las que los primeros cristianos leyeron su persecución. El diálogo vital entre la realidad y su propia fe les permitió no acuñar conceptos, sino comprenderse a la luz de Cristo, el Mártir, y comprender al Señor de un modo nuevo. Podríamos decir que será la identidad de la Iglesia perseguida la que se va plasmando a través de esta incipiente teología del martirio, una identidad que le singulariza frente a otras comprensiones de la persecución religiosa, concretamente respecto a la comunidad judía[9]. Aquí podríamos ya anticipar dos elementos capitales para acercarnos al martirio: ante todo, la referencia y centralidad de Cristo en la vida y muerte del mártir, así como su valor para la identidad de la entera comunidad creyente.

 

2.1. La evolución del concepto: algunos momentos significativos[10]

2.1.1.Cristocentrismo originario: la reflexión de los primeros siglos[11]

            En el Nuevo Testamento, el término martirio aparece en su acepción originaria de testimonio, sea el sustantivo como en su forma verbal. Podríamos identificar dos líneas: la que refiere el martirio-testimonio a los testigos de Cristo, de la salvación y obra de Dios en Él a lo largo de su vida, muerte y resurrección. Ésta es la interpretación típica de la teología lucana. El corpus joáneo, por su parte, centra el significado del martirio-testimonio en Jesús, Testigo del Padre, de su Amor y su Verdad.

            No es casual que las comunidades joánicas elaboren su teología desde una realidad de persecución en la que el martirio puede considerarse un verdadero “lugar teológico”[12]. Desde ahí, la mirada hacia el acontecimiento Cristo aboca a una comprensión peculiar de su muerte y, al mismo tiempo, ilumina con la esperanza la vivencia de su iglesia. La experiencia de los cristianos como testigos de Jesucristo en su mundo concreto ha de integrar desde muy temprano la experiencia del sufrimiento, especialmente el ligado a la misión. Aquí será Pablo quien inicie la tematización de esta experiencia que alcanza su máxima expresión en las persecuciones y el martirio.

            Será a partir del 155 d.C. cuando, con elMartyriumPolicarpi, asistimos a un interesante desarrollo teológico sobre el martirio, quedando ya fijada la acepción como testigos de sangre. Ésta se aplica a Cristo, iniciándose una primera reflexión auténtica sobre los mártires, a quienes entiende como testigos de la caridad perfecta a ejemplo del Señor. La identificación del mártir con Cristo a través de su pasión, su condición de Kristoukoinonós (cf. MartiriumPolicarpi, 6) o alter Christus, permitirá comprender todo el valor que, tanto desde la veneración como desde la teología, se da en este momento a los mártires.

            Jesucristo es el modelo de los mártires y, al mismo tiempo, quien vive, lucha y vence en ellos. Es decir, la transformación en Cristo, que despliega la gracia bautismal en todo cristiano, alcanza su máxima expresión en el martirio. El mártir sólo puede serlo en virtud de la gracia de Dios, quien le elige para compartir con el Maestro la Cruz. A través de la pasión, llega a la plena comunión con el Crucificado Resucitado.

            Los aspectos de lucha que conlleva el martirio –bien acentuados en los primeros siglos- significa la intensificación del combate propio de toda existencia cristiana contra el mal pues, al fin, son las fuerzas del mal las que se oponen a Cristo en la persona de sus fieles. Cristo lucha entonces en la carne de los mártires quienes, por su parte, han de vivir al límite las grandes virtudes cristianas. Se explica ahora el sentido modélico del mártir para la comunidad cristiana, no por la heroicidad de su vida, sino por su identificación con Jesucristo y su virtud.

            El trasfondo pascual y místico del martirio sostiene la convicción de su valor como impulso misionero. No se trata solamente de constatar que la misión conlleva la cruz e, incluso, el martirio. Menos aún intentan un proselitismo en función de héroes. Estos primeros siglos constatan el vigoroso impulso misionero que nace del martirio y viven en el convencimiento de su fecundidad pascual, de la fuerza de gracia que alienta a través de los mártires. De aquí la conocida sentencia de Tertuliano: “pluresefficimurquotiensmetimur a vobis: semen est sanguis christianurum”[13].

            Sin embargo, tras el edicto de Constantino y el paso a religión oficial del imperio, se introduce un cambio sustancial en la visión del martirio. Ahora, lejos ya de las persecuciones, se centra en formas de vida martiriales como muerte “sin sangre”, especialmente la vida religiosa. El tema de martirio en sentido estricto pervive un tiempo como consecuencia de los excesos del culto a los mártires dentro de la controversia donatista. Esto dio pie a Agustín para aplicarse en el discernimiento entre el verdadero y falso martirio. La doctrina agustiniana sobre el martirio destaca, en primer lugar, que es la gracia y poder de Dios quien actúa en el mártir y le capacita para llegar hasta la muerte por dar testimonio de Cristo. A través del martirio, se realiza una cristificación del mártir y una actualización de la pasión del Señor. La Iglesia entera sufre como Cristo y martirio significa el compartir con Él la pasión. Sin embargo,destaca también para Agustín su aspecto místico, es decir, la posibilidad de vivir una existencia martirial, testimonial, también en tiempos de paz. Si el mártir dio su vida por Cristo, el cristiano está llamado a dar la vida y al sacrificio por sus hermanos. Queda inscrito ahora el martirio en el seno de la vida fraterna.

            Con todo, será en la distinción del verdadero mártir donde con mayor claridad aparece la relación del martirio con la caridad. Para ello no duda en recurrir, como los propios donatistas, a la autoridad del mártir Cipriano. El mártir verdadero confiesa desde el corazón y muerte “pro vera fide in unitatecaritatis”[14]. La unidad en la caridad, esto es lo que distingue a la Iglesia y por este motivo, no puede haber verdadero martirio al margen de ella[15]. Lo que verdaderamente hace al mártir no es la muerte (“non pena, sed causa”[16]), sino el amor porque, como recuerda Pablo (1Cor 13,3), el más alto don que da valor a todas las cosas. Martirio cristiano es inseparable de la caridad[17]y, por ello, afirma Agustín que sólo el amor hace al mártir[18].

2.1.2 La caridad, valor del martirio: el acento tomista

            Lejos ya de la cuestión donatista, Tomás de Aquino seguirá la estela de Agustín y resaltará la centralidad del amor en el martirio, en consonancia con el conjunto de su pensamiento. En la Suma Teológica, no ofrece lugar a dudas: el martirio se orienta hacia la fe, pero su valor –como el de toda virtud cristiana-reside en la caridad.

…el martirio se relaciona con la fe como en fin en el que uno se afirma […] Al acto del martirio inclina la caridad como primer y principal motivo o como virtud imperante; la fortaleza, en cambio, como motivo propio y virtud productora. De ahí que el martirio sea acto de la caridad como virtud imperante y de la fortaleza como virtud de la que procede. Por eso resplandecen en él ambas virtudes. Pero el que sea meritorio le viene de la caridad, como a todo acto virtuoso. Por tanto, sin la caridad no tiene valor alguno[19].

            Basándose en las epístolas de Santiago y Tito, el Angélico entiende que la verdad de la fe se testimonia no solo por la palabra, sino especialmente por la vida en el amor, por la virtud que se resume en la caridad, de modo que solo ésta es, en último término, la causa del martirio, sinónimo expreso de testimonio. La vida entera cristiana es confesión de fe y, como tal, puede ser causa del martirio. La relación por tanto se establece entre fe-caridad y vida según el Espíritu de Cristo[20].

            La inclusión en este concepto de martirio de la dimensión horizontal del amor viene especificada por la justicia[21], aunque sin perder la específica referencia a Cristo. Tomas de Aquino ofrece una visión del martirio, y por ende del testimonio cristiano, globalizante y operativa. Su concepción de la fe va unida a la caridad, de forma que el amor a Dios y el amor al prójimo se unen bajo pluralidad de manifestaciones como expresión de la fe. Nos presenta un concepto de verdad cristológico, que se confiesa con la palabra y las obras. Por eso, “el martirio es, entre los demás actos humanos, el más perfecto en su género, como signo de la máxima caridad, conforme a las palabras de san Juan (15, 13): nadie tiene mayor amor que el dar uno la vida por sus amigos”[22]. Dicho de otro modo, para santo Tomás, el martirio significa el testimonio supremo de la fe cristiana y se llega a él por causa del amor cristiano, amor a Dios y amor al prójimo porque, en Cristo, no pueden separarse. La entrega por amor característica de la existencia creyente se radicaliza en el martirio.

            También es cierto que la definición de santo Tomás contiene los elementos que posteriormente serán recogidos en la doctrina canónica y apologética posteriores, pero soslayando la centralidad de la caridad tan típica de su pensamiento. Esta doctrina (cf. suma II-II, 124) pasa en el siglo XVIII, tras siglos de una cierta oscuridad, donde apenas se prestó atención al mismo, a una cierta normativa para la designación del mártir que fija la comprensión común. Así, el mártir es el cristiano que muere “in odiumfidei”. Más exactamente: “el martirio es la muerte voluntariamente aceptada por la fe cristiana o por el ejercicio de otra virtud en relación con la fe”[23]

            Esta expresión va acentuando progresivamente el aspecto de “contra la fe” que contiene, de donde resulta decisiva la concepción de fe que sustenta tal afirmación. De forma generalizada, se va imponiendo un sentido de afirmación doctrinal, de asertos que se asumen. Ciertamente, ya no se trata de una Iglesia que vive en situación martirial, sino que, desgraciadamente, comienza a vivir la tragedia de cristianos que se matan entre sí. Es el tiempo de guerras de religión en las que, tanto desde los católicos como los reformados, se invoca a los propios mártires como argumento de veracidad de su postura, pero donde se ha olvidado aspectos como la referencia a Cristo o la comunión en la caridad que de su Espíritu nace.

            Por otro lado, la apologética hará del martirio un argumento que probaría el origen divino del cristianismo, presentándolo como “milagro moral”. Ciertamente, se trata de un enfoque radicalmente superado, como superada quedó la antigua apologética al consolidarse la teología fundamental. Sin embargo, no se debiera olvidar que estas comprensiones llevaban implícita una visión de la fe (más de asertos que de relación personal, más defensiva que dialogante, etc.).

2.1.3. Algunas conclusiones

            Tras este somero recorrido histórico, podemos al menos intuir la relación de la teología del martirio con la concreta situación eclesial. Sin  duda, las más ricas aportaciones surgen en momentos de persecución, cuando el martirio supone un verdadero lugar teológico[24].

            Tomado así, como lugar teológico, el martirio a lo largo de la historia:

  • Importa cómo vive y cómo muere el mártir más que las condiciones de su muerte
  • Remite inequívocamente al misterio de Cristo
  • Se comprende en relación con la común identidad cristiana, bautismal, dentro de la comunidad creyente para, a la inversa, ayudar a ésta en su vivencia de la fe.
  • Ayuda a la Iglesia a construir su identidad ad extra en medio de un entorno hostil, al mismo tiempo que estimula y potencia su conciencia misionera.

            En conjunto, la teología del martirio de los primeros siglos, tiempos de persecución, ofrece los elementos que perviven hasta nuestros días y que, de algún modo, el Concilio retomará: cristocéntrico, marco eclesiológico, relación con la misión, relación con la fe y la vida cristiana en el amor, una mística del martirio como camino de identificación con Cristo tanto en la muerte como en la vida cotidiana.

2.2. El martirio en el Concilio Vaticano II: la fe y el amor

            Entre los diferentes textos conciliares que hacen referencia al martirio, será Lumen Gentium la que ofrezca en síntesis la visión teológica que sobre el mismo tiene el Concilio. Conviene detenerse en este número que, sin hacer una definición como tal, recupera las fuentes de la teología del martirio, a la vez que permite una relectura del mismo capaz de acoger la multiplicidad de formas en que aparece actualmente[25].

Dado que Jesús, el Hijo de Dios, manifestó su amor entregando su vida por nosotros, nadie tiene mayor amor que el que entrega su vida por El y por sus hermanos (cf. 1 Jn3,16; Jn15,13). Pues bien: algunos cristianos, ya desde los primeros tiempos, fueron llamados, y seguirán siéndolo siempre, a dar este supremo testimonio de amor ante todos, especialmente ante los perseguidores. Por tanto, el martirio, en el que el discípulo se asemeja al Maestro, que aceptó libremente la muerte por la salvación del mundo, y se conforma a Él en la efusión de su sangre, es estimado por la Iglesia como un don eximio y la suprema prueba de amor, Y, si es don concedido a pocos, sin embargo, todos deben estar prestos a confesar a Cristo delante de los hombres y a seguirle, por el camino de la cruz, en medio de las persecuciones que nunca faltan a la Iglesia. (LG 42).

            Los elementos de esta presentación son claramente identificables. El mártir se define desde su raíz cristológica, dentro del marco eclesial, con una especificidad dada por su condición de “don eximio y suprema prueba de amor”, acabando con una parénesis al resto de la comunidad creyente. Se trata también de un carisma, una llamada personal y un don para toda la Iglesia. Desde esta condición de carisma, el martirio puede mirarse como acentuación desde el Espíritu de algo común a toda persona en la comunión eclesial: es testimonio de Cristo y configuración con Él en un seguimiento con la impronta estaurológica y pascual. Al fin, hablamos de radicalización de la condición bautismal en el seguimiento del Crucificado.

            Incluso podríamos decir que el vínculo personal con el Señor, hecho de amor y entrega ­(lo cual nos sugiere ya mística y esponsalidad) que ha de caracterizar la existencia de fe alcanza en el martirio la máxima expresión. Sea en la confesión expresa de la fe, sea en la vivencia de su compromiso creyente en cualquier aspecto, el martirio es la fidelidad al Amor mayor en un sí hecho con la propia persona. 

            En la propuesta conciliar se halla implícita la tradicional fórmula del “in odiumfidei”, situada ahora en el marco de la suprema norma cristiana: el amor de Cristo. Ciertamente, viendo al Señor como criterio de discernimiento para el martirio cristiano, la donación de la propia vida en y por amor llega a ser una muestra insuperable y enormemente significativa de la propia fe. Esta “fecundidad de la fe” será recogida por Gaudium et Spes al hablar del reto del ateísmo, así como de la necesidad del testimonio al modo de los mártires, ejemplo preclaro del testimonio cristiano[26].

            Destacando el amor, el Concilio permitirá, como se ha señalado con frecuencia, que se tenga en consideración a los mártires que han dado testimonio de su fe a través del compromiso por la justicia y otros modos de ejercer la caridad en el mundo actual. Sí, ésta es una de las conclusiones del texto conciliar, que no la única: el martirio es testimonio de amor a Dios y al prójimo, testimonio de amor a y en Cristo. Y el amor al prójimo se manifiesta necesariamente, aun cuando el mártir no lo sea expresamente por causas como la justicia, en las múltiples formas de la caridad cristiana.

            En este sentido, un elemento característico y distintivo del mártir cristiano es el perdón. Afronta el último paso de su seguimiento ofreciendo perdón a quienes le matan. Los largos discursos que encontramos en la literatura cristiana de los primeros siglos no son, desde luego, una posibilidad real para los mártires contemporáneos. Más bien se les condena al silencio y al olvido, incluso se llega a manipular su postura para justificar su muerte. Sin embargo, abundan los testimonios de perdón que no falta cuando se trata del martirio cristiano. Aquí podemos ver, sea cual sea la circunstancia y modo concreto del martirio, un gesto supremo de amor cristiano, un acto que introduce dinámica de gracia, de futuro y de esperanza en medio del mal y el sufrimiento.

            Éste es solamente un ejemplo que quiere mostrara la confusión a que induce separar en el martirio la causa de la caridad, emblemáticamente representada en la lucha por la justicia, de la expresa confesión de fe. Por el contrario, los y las mártires son existencias verdaderamente teológicas que iluminan el significado de la fe y de su vivencia para toda la Iglesia y, desde ella, ante el mundo.

            Podríamos decir, retomando la tradición teológica, que no es la muerte la que hace al mártir un testigo de la fe, sino que éste muere porque es testigo de la fe y, de este modo, su testimonio llega a ser la máxima expresión de lo que es toda la Iglesia y cada creyente: testigos de Jesucristo. Dicho con otras palabras: no es la muerte la que define al mártir cristiano, sino la referencia a Cristo en la fe, el amor y la esperanza.

2.3. La fe expresada en el martirio

            El contexto actual, en el que se dan tantos modos de muerte por la propia ideología o religión, propicia una reflexión más clarificada sobre la fe del mártir porque el martirio nace de la fe y da testimonio de la misma. Es preciso evitar dos extremos, igualmente peligrosos para comprender tanto la fe como al mártir. Por un lado, se encuentran las lecturas intelectualistas que, de algún modo, centran la cuestión en asertos sobre creencias. Equivale a hacer una reducción de la fe a lo ideológico y la muerte por su causa, algo absurdo. Nuestra fe no es ideología ni, por supuesto, inhumana. Por otra parte, hallamos las visiones que exacerban los aspectos subjetivos, de adhesión afectiva a una causa que pueden devaluar el auténtico afectusfidei en una línea postmoderna y light. Aquí habremos de afirmar la radical diferencia entre la fe cristiana y cualquier forma de fanatismo[27].

            La fe comprendida desde  la visión neotestamentaria nos ofrece la primera referencia para comprender la vivencia de los mártires: personal, cristocéntrica, dinámica e histórica. Mueren por su fe o, más claramente aun, mueren por Cristo como han vivido con Él y por Él como creyentes. Por eso, su muerte no solamente es consecuencia de su fe, sino el momento de suprema manifestación de la misma. La opción creyente ante el martirio se transforma en expresión excepcional de fe, en palabra testimonial que afirma muriendo que Cristo es Camino, Verdad y Vida.

En el martirio, la fe atestiguada opera enérgicamente como fe en un tú. En efecto, el martirio es entrega a la persona de Dios, con lo cual da testimonio, no en favor de una ideología, sino en favor de la religión como vida vivida en un encuentro personal con el Tú divino[28].

            Podríamos decir que la fe y amor del mártir a Cristo le lleva a aceptar la muerte porque, desde esta relación, todo es pérdida por ganarle a Él. En el seguimiento, ha compartido con Cristo su camino y su causa del Reino, ha vivido con Él y como Él, por eso la muerte es el último paso, el definitivo gesto de amor y entrega al Señor. Es un amor que ha guiado toda su existencia y la muerte significa ahora la ocasión de encontrarle Vivo y Resucitado, de comulgar con sus padecimientos para vivir en plena comunión con Él[29]. Al fin, martirio nos habla de la fe - fidelidad a Aquel que entregó su vida por nosotros, una fidelidad que sólo se sostiene por amor. Y en esa entrega definitiva, se consuma la fe como encuentro: de la comunión con el Crucificado a la Resurrección.

            Desde esta relación creyente, nos devuelve a la identidad cristiana común y eclesial. Es “la forma suprema de existencia cristiana, precisamente por lo que representa de seguimiento de Cristo hasta la muerte. […] En el martirio se dan en modo eminente las notas características de la existencia bautismal cristiana”[30]. Radicaliza esta común identidad: seguimiento hasta la muerte con Cristo, por Él y como Él; el sacramental ser sepultados en su muerte y resucitados a su vida nueva se convierte en realidad encarnada a través del martirio. Por esto, ha de recuperar su lugar y su palabra para toda la comunidad eclesial, acogiendo en ella la gracia que conlleva. Su peculiar modo de vivir esta identidad cristiana será luz para toda la comunidad creyente.

            La fe de los mártires nos habla del supremo gesto de abandono en el misterio de Cristo, de entrega a Él y, con Él, al Padre. Proclama a través de su muerte el reconocimiento de Jesucristo como Señor, Señor de su vida y de la historia. Aceptando ser configurados con el Crucificado, le hacen presente y así están confesando, paradójicamente, su fe en la resurrección, su confianza incondicional en la promesa del Señor. “Jesucristo es Señor” será la confesión de los testigos del Resucitado y, en virtud de la fe pascual, la muerte y la cruz se convierten en momento inseparable de la victoria de Cristo y, en Él, del Dios de la Vida.

            Mientras que la muerte parece reducir el martirio a un suceso pasivo, la fe supone considerar los aspectos decididamente activos, de opción libre, que conlleva. No se trata de un hecho accidental, sino de la libertad creyente que asume las consecuencias de su fidelidad. Acción y pasión, como en toda muerte[31], se intensifican en el martirio, pero no solamente por lo que supone de decisión personal, sino sobre todo, porque se trata de una decisión de fe.

            Como expresión de fe, el martirio no es demostración ni verificación, en el peor de los casos, ni siquiera despiertan interrogantes. Sin embargo, quedan como ejemplo vivo de la vida entregada a y por Cristo, de la fidelidad amorosa hasta el fin. Son vivo ejemplo del grano de trigo que muere y cae en manos del Padre. Su fecundidad, la de la fe, solamente puede descubrirse desde la mirada creyente, como sólo desde ésta puede verse su realidad de gracia[32]. No obstante, permanece su valor de signo, elocuente y significativo en el interior de una historia concreta en la que acontece y a la que responde[33]. Es decir, se comprende dentro de un contexto y, a su vez, habla a dicho contexto.

            Además, también hemos de reconocer que, aunque en ocasiones parezca más fácil ignorarlo, el martirio muestra una visión de lo antropológico. Y esta significación, no lo olvidemos, nace de una comprensión de la fe. En el martirio, la persona entrega su vida no por una causa cualquiera, sino por una Persona: por Jesucristo y la causa del Reino. Libertad, donación, trascendencia, verdad y vida… se trata de palabras cuyo contenido queda redimensionado en el martirio que, al final, sólo pueden comprenderse desde la relación personal, en la fe y el amor, con el Señor.

            Esta dimensión antropológica, que se pone de relieve en la persona que se entrega hasta la muerte por amor a Cristo, sólo puede darse como fruto de la gracia. La radical libertad que se pronuncia como fidelidad en una situación límite es la respuesta a la acogida del siempre previo don de Dios. Acentúa de modo excepcional la tensión implícita en todo acto creyente: pasión y acción, don y respuesta. De este modo, se resalta la visión personal, de encuentro y diálogo, que se muestra en la fe de los mártires. Al mismo tiempo, sitúa su valor humano dentro del ámbito de la gracia, de la acción de Dios que, de este modo, se puede hacer presente, manifestarse, en la existencia humana, aquí concretamente en los mártires. Sólo su gracia puede unir, como aparecen en el martirio, proclamación y vida, testigo y Testimoniado. Despojado de su núcleo de gracia, el martirio volvería a quedar convertido en un ejemplo sublime, heroico, pero lejano a toda otra persona, inaccesible, quizá estimulante, pero al margen de su significado último, verdaderamente teológico. En el martirio, la persona nos habla de Dios o, mejor aún, Dios se dice a través de la persona mártir[34].

              El morir creyente siempre será con-morir con Cristo y el abismarse con Él en el interior del Misterio divino. La muerte del mártir revela excepcionalmente esta significación por lo que tiene de radical y, al mismo tiempo, de gracia singular. La acción de la gracia a través de la libertad creyente hace del martirio más que un acto humano y, desde luego, más que el fracaso último de la existencia. En el martirio, la gracia “se hace vencedora en la debilidad humana” y transforma esta muerte en “un auténtico sí a Dios y a su Palabra nacido del centro más profundo del ser humano […] un sí que es solamente sí, Verdad de Dios”[35]. Este sí es realización de la fe, testimonio de la misma, totalización de la existencia y, al mismo tiempo, acontecer de la gracia, acción de Dios[36].

 

3. UNA VISIÓN TEOLÓGICA DEL MARTIRIO COMO MEMORIA Y PROFECÍA

 

            La pluriformidad del martirio no puede oscurecer todos los elementos comunes que lo unifican como realidad cristiana de fe. Quizá uno de los que pueden singularizar el martirio se halla en lo que el Concilio puso de relieve: la configuración con Cristo Crucificado. A través del martirio, son creyentes que renuevan el misterio de su Pasión y viven la máxima comunión con Él. Como Cristo murió por la humanidad, los mártires mueren por amor a Jesucristo, Señor de sus vidas. Es tarea de la Iglesia entera el manifestar y hacer presente este misterio del Crucificado por amor. Lo actualiza sacramentalmente en la Eucaristía y cada creyente habrá de renovarlo en la concreción de su existencia, pero “el modo más claro e intenso, su manifestación hasta el fin, se da en el martirio”[37]. Ciertamente, el martirio se comprende desde la muerte de Jesucristo, el Testigo Fiel, el Crucificado Resucitado a cuya luz adquiere significado pascual toda otra cruz. Los mártires han hecho realidad la palabra del Maestro: “nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15, 13). Han dado la vida, antes que nada, por amor a Cristo y, en Él, amor a la humanidad.

            Desde la gracia, hablar de mártires es hablar de existencias –que no solamente la muerte- verdaderamente teológicas, presencia viva del  Misterio de Cristo que se convierte en palabra hoy. Si los elementos comunes de identidad cristiana invitan a recoger esta palabra como dirigida a la comunidad eclesial[38], su singularidad los hace testimonio vivo por excelencia ante el mundo de nuestra fe. En ambos casos, se trata de descubrir su fuerza como memoria del Crucificado Resucitado, profecía en la Iglesia y la historia[39].

            Sí, el martirio se convierte en memoria viva de la pasión de Cristo. Ahí está su gracia singular, dada no sólo para la persona, sino don para la comunidad eclesial. En la entrega de su propia vida, cumplen la llamada de los Evangelios: desde la experiencia pascual, nos han transmitido la cruz como llamada al seguimiento. Como creyentes, su vida de comunión e identificación con Cristo se convierte en ser-crucificados-con Él. Su memoria se comprender, precisamente, a la luz del Crucificado. Ellos son forma Christi, manifestación viva de su kénosis y su cruz. Precisamente por ello, siempre que hablemos del martirio habremos de hablar de la Resurrección puesto que el misterio pascual es único. La oscuridad que parece envolver al martirio no puede ocultar para el resto de la comunidad creyente que, a través de ella, irrumpe la fuerza de la Resurrección. Ignorarlo sería empañar el significado auténtico del martirio cristiano, significado así mismo de nuestra fe.

3.1. El martirio: memoria de la Pasión y la Resurrección, memoria de Jesucristo.

            Como el Maestro, la cruz de los mártires no es una casualidad, sino consecuencia de una vida, de un mensaje, de una praxis. La pasividad del Crucificado es libertad radical tras una postura insuperablemente activa a lo largo de toda su vida. Las acciones y palabras de Jesús le llevarán al calvario, incluso Él mismo se dirige a Jerusalén libre y voluntariamente. También el martirio tiene mucho que decir sobre la vida y las opciones previas de los mártires, cuya cruz es consecuencia de un sí radical, sí a Cristo y su Evangelio, en muy distintas formas. El martirio es consecuencia de una opción creyente, sea en su abierta confesión (por ejemplo, en el caso de la persecución religiosa explícita), sea en su compromiso activo por la paz y la justicia, sea en la fidelidad a la verdad y a la moral cristiana, etc. Es decir, la fe que lleva al martirio, sea reconocida o  no por quienes lo ejecutan, ha llegado a la pasividad radical de la víctima porque ha sido activa, opción viva, transformante, testimonial[40].

            En el martirio, el creyente es configurado con el Crucificado y como viva memoria suya, hace visible a Aquel a quien proclama con su fe: a Cristo entregado hasta la muerte de cruz para la salvación de la humanidad. Hacen visible de modo singular lo que todos vivimos desde el bautismo[41], lo celebrado y testimoniado por la Iglesia hasta el fin de los tiempos. Más aun, su condición testimonial haciendo presente a Jesucristo Crucificado nos habla de la inseparable relación del martirio con la misión. Ciertamente, no son pocas las situaciones de martirio que se han dado en el contexto de la misión. Sin embargo, el martirio como memoria del Crucificado nos recuerda una vinculación más íntima[42]. Cristo fue el Enviado y Testigo dando su vida hasta la muerte en cruz por amor y para nuestra salvación. Igualmente, el martirio recuerda que el testimonio cristiano se ofrece en la entrega amorosa de sí que habrá de llegar hasta la entrega de la propia vida. Sin misión, no hay Iglesia, pero tampoco si prescindimos del Crucificado[43]. Esta dimensión eclesial convierte al martirio en algo vital para la comunidad creyente, pero, a la inversa, será ésta quien asuma y dé palabra este testimonio radical.

            La comunión con el Crucificado sitúa a los mártires en una especial comunión con todas las víctimas del mal en la historia. La forma en que el martirio acontece con frecuencia a partir del siglo XX acentúa este aspecto porque, con frecuencia, se les diluye entre las numerosas víctimas del mal o, incluso, se les ejecuta como inculpados y convictos de numerosos delitos. Desde la fe, esta comunión en Cristo Crucificado otorga a los mártires un valor excepcional: manifiestan la solidaridad profunda del Hijo con la humanidad pecadora y sufriente, su solidaridad con los últimos y las víctimas. Al mismo tiempo, introducen en esos espacios de oscuridad y pecado la dinámica del amor cristiano, amor de comunión que, en lo concreto, manifestarán de muy distintas maneras. Comunión en la cruz significa compartir los padecimientos, pero también introducir dinámica salvífica porque la cruz en Cristo es inseparable de la Resurrección.

            “Sólo desde una última solidaridad con los “condenados de esta tierra” podemos hablar del amor de Dios para con nosotros”[44]. Los mártires tienen, desde aquí, una palabra especialmente fuerte sobre el Dios Amor a quien abrazan en Cristo Crucificado y su credibilidad, que es al final credibilidad de la Iglesia, resulta indiscutible. Sí, “como cordero manso llevado al matadero” (Jer 11, 19), testimonian su amor a Dios y a la humanidad, pero sobre todo, al Dios Salvador que les ama incondicionalmente porque sólo así tiene sentido compartir con Él sus padecimientos.

            Quizá en el martirio lo que parece evidente es solamente su dimensión crucificada y, por ella, la manifestación del Crucificado a través de la persona del mártir. Sin embargo, también el martirio habla de salvación, es acontecimiento salvífico para quien lo padece y, por su mediación, para el mundo. De hecho, toda vida cristiana como acontecimiento de gracia es también presencia de salvación para y en el mundo. Martirio significa más que muerte: es salvación, gracia en y a través del mártir. No podemos mirarlos desde la mera eficacia humana, sino desde la fecundidad de la Cruz, fecundidad escondida a nuestros ojos, pero viva en la fe. Dar la vida por Cristo y por la humanidad nunca es una donación baldía, al contrario, serán semilla que muere y se transforma en salvación para los demás. El martirio se convierte en nueva vida, fecundidad pascual, signo del Reino[45]. Dentro de la lógica pascual se muestran compatibles el miedo y la debilidad con la parresía y el gozo del Espíritu. Sin duda, el martirio posee una singular fuerza pneumatológica.

            Y como memoria viva de la pascua, el martirio es también eucaristía: “por Cristo, con Él y en Él”, ofrenda de la propia persona, total y radicalmente, incorporación a su misterio, cristificación definitiva, cuerpo personal convertido en Cuerpo de Cristo, en Iglesia, en vida, celebración del sí de Dios a su Hijo y en Él, al inocente, acción de gracias y perdón.

            Salvados por Cristo - esto es, creyentes-, han ido viviendo esta salvación en la fe, la caridad y la esperanza. Han vivido la salvación como testimonio y misión en la praxis del Reino, aunque haya sido de modo oculto. Ahora, en el martirio, están afirmando que toda salvación viene de Dios, que en medio de la oscuridad y el sufrimiento, caminan hacia la Vida, hacia la salvación plena y definitiva. Más aun, afirman silenciosamente que toda muerte está llamada a ser salvada en Cristo. En la aceptación de la propia, el mártir afirma que hay futuro salvífico, que su mismo caminar hacia la muerte –inevitable en nuestra vida humana- es, en realidad, caminar hacia la salvación definitiva, la propia y la que puede abrirse en la historia a través de su participación en el misterio pascual. Su muerte es afirmación de la Vida.

            Como memoria viva del Crucificado Resucitado, no podemos olvidar la dimensión trinitaria del testimonio dado en el martirio. Todo testimonio cristiano significa mucho más que un mensaje verbal[46]. Significa una existencia creyente, transformada por el Espíritu, visible y encarnada, histórica, significa un acontecimiento de gracia. Haciendo presente a Jesucristo, su testimonio tiene un alcance trinitario[47].

3.2. El martirio como profecía: entre el misteriumsalutis y el misteriuminiquitatis

            La mística de la comunión con Cristo Crucificado y Resucitado se hace sacrificio-entrega, se hace también palabra. En el martirio, se ofrece una silenciosa palabra sobre Cristo que es, al mismo tiempo, una palabra profética que prolonga y actualiza la del Crucificado. En cuanto muerte de inocentes, es un sufrimiento que denuncia pacíficamente el mal que traspasa nuestra historia, fuerza que se opone violentamente a Dios y a la humanidad, generando innumerables víctimas inocentes condenadas no sólo a la muerte, sino al anonimato y a un vergonzoso olvido. Sin embargo, el martirio es acontecer salvífico de Dios, irrupción de la vida resucitada, profecía de la novedad inaugurada por Cristo. Como palabra profética, el martirio se sitúa siempre entre el misteriumsalutis y el misteriuminiquitatis.

            Fácilmente podemos descubrir a los mártires en medio de las víctimas de la historia. Compartiendo el destino de los últimos, muestran mansamente la intolerable injusticia de nuestro mundo. La fuerza de su denuncia es mayor si cabe justamente por el distintivo cristiano de no violencia, de paz y perdón. El martirio nunca brota de la provocación o de una colaboración en la espiral de violencia que sacude el mundo, por eso pone de manifiesto con fuerza la perversidad e inhumanidad del mal.

            Frente al resto de la comunidad cristiana, este grito profético -“¿dónde está tu hermano?”- se convierte en  recuerdo y profecía de nuestra vocación y responsabilidad en la historia. Anunciamos al Dios de Jesucristo, el Misterio de Amor insondable, misericordia infinita que nos envuelve, anuncio que nos compromete en una radical solidaridad. Los hermanos y hermanas mártires, compartiendo el destino de las víctimas inocentes, nos preguntan fraternalmente: ¿dónde estáis mientras los hijos e hijas de nuestro Padre son aplastadas? Amáis a Dios, pero ¿os importa realmente la humanidad caída?

            El martirio, en su inquebrantable fidelidad al Dios de la Vida y al Crucificado por amor, significa también una denuncia más radical. Como expresión de fe que acepta el absurdo de la muerte, representa una verdadera crisis de nuestro concepto de vida, de humanidad, de Dios. En el fondo, supone una verdadera denuncia de nuestras idolatrías, de nuestra visión de lo humano en función del “hombre viejo” paulino. Su aparente absurdo nos interroga: ¿quién ese ese Dios por el que mueren pacíficamente los mártires? ¿Qué anteponen como sentido de su vida cuando renuncian a ésta?

            Podríamos decir que, en el fondo, concretan y encarnan la gran crisis que supone el Crucificado. Frente a la tendencia a divinizarse, a absolutizarse frente a Dios y al prójimo, ante sus impulsos de dominio, de posesión, ante la inflación del propio ego, se alza la voz de los mártires. Sus vidas que libremente se ofrendan nos dicen que lo verdaderamente humano se halla en la apertura, en la donación, en el radical trascenderse: entrega por amor a Dios y al prójimo, pues que muchos mártires lo son por su caridad heroica[48]. Nos dicen  que la experiencia cristiana de Dios pasa por asumir la condición creatural con todas sus consecuencias y sólo así, en la extrema indigencia del condenado y el extremo abandono, se abre la luminosa experiencia del Deus sempermaior, el Dios que abre caminos de resurrección y de liberación, el Dios que sostiene más allá de toda posibilidad humana[49]. Dios es Dios y no podemos reducirlo a los esquemas que humanamente hacemos de Él. Por el contrario, la comunión con el Crucificado, tal y como llegan a vivirla los mártires, vuelve a decirnos que el Misterio santo rompe la lógica con la que pretendemos asir lo divino. No hay ídolo que resista ante la Cruz del Maestro.

            Precisamente porque en el martirio la persona creyente se identifica con Jesucristo Crucificado, añaden un aspecto más a su denuncia. Al fin, cada persona creyente vive –vivimos- desde nuestra condición de nuevas criaturas ya que, por el bautismo, hemos sido sepultados en la muerte del Señor y hemos resucitado a su vida nueva. Esto que toda la comunidad creyente vive sacramentalmente y los mártires desde la concreción existencial se convierte en un interrogante. ¿En verdad desplegamos esta nueva condición según el Espíritu con todas sus consecuencias? Es decir, ¿asumimos la respuesta libre y encarnada a la gracia entregada en el bautismo? Como testigos de la Pascua ¿nos dejamos configurar por la muerte de Cristo para resucitar también con Él?

            No se trata de preguntas retóricas. Si en un determinado momento de la historia se separó al Crucificado de la Resurrección haciendo de la cruz un elogio del sufrimiento, también podemos ansiar una resurrección que no ha pasado por la cruz. Ante los hermanos y hermanas que han compartido la suerte del Crucificado, se nos urge a asumir la cruz como parte de nuestra fe, su significado y luz para la vida personal y también en la historia. Frente al mal que traspasa el mundo, los mártires nos dicen a toda la Iglesia que no podemos permanecer hipócritamente al margen, nos urgen a asumir nuestra responsabilidad histórica por el Reino también en la denuncia y lucha contra los poderes del mal.

            Sin embargo, el martirio no puede reducirse a los aspectos de denuncia y negatividad. Por el contrario, desde la inseparabilidad de muerte y resurrección que acontece en el misterio pascual, la fuerza del martirio reside en la resurrección. Estas afirmaciones, evidentemente, no son obvias, sino fruto de una lectura creyente, pero el martirio es una realidad de fe. Resultaría alarmante que dentro de la Iglesia se leyera el martirio al margen de fe. Quedarse en sus aspectos de muerte, de dolor, de impotencia, lo privan de su dimensión más genuina como acontecimiento de gracia, verdaderamente pascual.

            El sí a la muerte del mártir es, en el fondo, un sí a Cristo, a su gracia y su salvación, un sí a la Resurrección. Puede renunciar al precioso don de la vida porque sabe que solamente desde los valores del Reino vale la pena vivirla, porque hay algo más valioso aún que la vida que poseemos: la que se nos promete en Cristo, Crucificado Resucitado, vida de Dios. Puede caminar hacia la muerte porque hay un amor que abraza, plenifica y trasciende todo otro amor: el que le une al Jesucristo, Maestro y Hermano y Señor.

            El martirio refleja excepcionalmente la radical libertad del Espíritu, que puede disponer y totalizar la propia existencia en un sí incondicional a Cristo y su Reino. Se trata de una libertad que ha sido liberada incluso del natural aferrarse a la vida, que no está dispuesta a pactar con el mal ni a renegar de Jesús ni a traicionar las exigencias de su propia fe. Es una libertad que se transforma en compromiso incondicional, compromiso con el Señor, con la fe y el amor cristianos. Para los mártires, incluso la propia vida, con ser lo más valioso, puede perderse por una ganancia mayor[50]. Su libertad está movida por el amor y la esperanza, pero también precisa la acción de la gracia que la capacita y libera.

            Su opción creyente anuncia una esperanza desde la oscuridad de la muerte. Se trata de la esperanza firme nace de la fe personal en el Señor, hecha abandono y confianza, hecha fe en su promesa. El morir martirial es un gesto de esperanza en la vida resucitada, en la salvación de Dios que se abre paso sin que nosotros podamos comprenderlo a través de la muerte y del aparente fracaso del bien. Su misma situación de impotencia, de debilidad extrema, de víctimas inocentes, está sostenida por la fuerza del Espíritu y proclama su fe en el único Salvador, su esperanza luminosa en la resurrección, su confianza en el futuro de Dios para la humanidad que se abre paso a través de la oscuridad de la historia.

            El martirio no solamente anuncia la salvación, sino que es acontecimiento de salvación. Por eso, desde la experiencia creyente de ser salvados en Cristo, los mártires pueden ser en su muerte un anuncio de esperanza y promesa de futuro. En contextos de impotencia, oscuridad y “perdición”, anuncian la presencia del único Salvador, cuyo poder, oculto en su kénosis, es el único que puede vencer al mal y a la muerte. Caminando hacia la cruz, están diciendo: aquí está Cristo y, con Él, la salvación. Y porque su amor se expresa también como perdón, afirman: la reconciliación se abre paso, caminamos hacia la fraternidad del Reino.

 

4. ALGUNAS REFLEXIONES PARA HOY

           

            En una época histórica de mártires innumerables en los distintos continentes, es momento de recordar a hermanos y hermanas que viven su fe en condiciones verdaderamente martiriales, de peligro, amenazas e, incluso, muerte. Recordarles supone reconocer humildemente nuestra vida cómoda, nuestra fe débil y la necesidad de encarnarla mejor puesto que el testimonio halla su consistencia en la propia vida. Ellos han mantenido la fidelidad a su testimonio hasta la muerte. ¿Qué dice eso ahora a nuestra fe? Antes que admiración o defensa encarnizada: mantenemos su memoria, de ellos y del testimonio de su fe en el amor, somos su palabra. Y proseguimos su misión, la misión de hacer presente al Salvador en la conflictividad de nuestra historia con todas las consecuencias

            Cristificación de nuestra existencia, comunión eclesial como presencia en la historia del Señor, kénosis, amor incondicional como donación de la propia vida, la lógica de las bienaventuranzas (“dichosos los perseguidos por causa de la jsuticia…”) pueden ser solamente unas palabras bonitas, pero los mártires nos las recuerdan hechas pasión en su carne. Nos hablan de una mística a recuperar, la mística propia de la fe cristiana que, desde la gracia, nos habla de experiencia de Dios, de transformación del propio ser.

            El martirio nos habla de una comprensión de la fe como realidad personal, nacida del encuentro y el diálogo, una fe inseparable del amor y la esperanza, donde se conjugan armónicamente los aspectos activos (opción, respuesta, libertad, compromiso, etc.) con los pasivos-páticos. Respecto a estos, nos urgen a redescubrir el valor salvífico del sufrimiento desde la fe, a asumir las pasividades de la vida desde el seguimiento esperanzado, a vivir la misión también en lo que tiene de cruz y muerte. Pero también podríamos hablar de la experiencia de Dios que hacemos –o se nos invita a hacer- como creyentes. Podemos caer en la tentación de soñar con experiencias solamente de luz y de gozo, que las hay, evidentemente. Sin embargo, el Misterio divino que nos desborda y, al mismo tiempo, nos abraza, no sólo se goza, sino que se padece: se padece como oscuridad y tiniebla, como el Deus sempermaior que escapa de nuestras categorías, representaciones y expectativas, que es promesa solamente pregustada. Adentrarse en el Misterio supone, en cristiano, emprender además el siempre doloroso camino de la propia conversión que afecta a lo más íntimo de nuestro corazón, a los dinamismos más personales.

            Por otro lado, la fe que emerge en el martirio reclama recuperar su fuerza profética, tanto con las palabras como con la acción y los gestos. Se trata de anunciar y denunciar, no en sentido partidista, sino desde la mirada evangélica sobre la realidad. Se trata, al fin, de vivir nuestra condición de testigos con todas las consecuencias, testigos en un diálogo personal de gracia donde el don de Dios solicita nuestra respuesta generosa. Esta repuesta implica la identidad personal inseparable de la misión, implica asumir el riesgo de la relación con Cristo en su Cuerpo, aceptar el reto de la comunión y, con ella, del perdón y la reconciliación.

            La fe que confiesa a Cristo Señor hasta la muerte emerge como instancia crítica de toda idolatría, de toda absolutización de valores al margen de Cristo, de todo criterio no evangélico, incluso del sentido y modo de nuestro servicio y misión, también susceptibles de desviarse del único centro, fuente y meta que es Jesucristo. Se trata de una fe verdaderamente integral, vivida como don e inseparable de la esperanza y el amor. Los mártires han vivido hasta el final la vida teologal de la que tan bellamente habló Juan de la Cruz: “vivir en fe oscura y verdadera, y esperanza cierta, y caridad entera”[51].

            La Iglesia mártir nos invita a entrar en la conflictividad de la historia asumiendo ahí las consecuencias de permanecer fieles al Evangelio. Esta fidelidad de los mártires nos habla también sólo es posible esta fidelidad desde el don, el servicio, el diálogo, la reconciliación, la kénosis. Porque ante la tentación de la fuerza en sus múltiples formas, ellos nos recuerdan que la verdad de Cristo se atestigua a sí misma, que se transparenta en quienes viven verdaderamente como Cristo, según el espíritu de las Bienaventuranzas.

            Los mártires hacen presente al Crucificado en su carne y el resto de la comunidad eclesial ¿cómo integramos y vivimos desde nuestra fe la realidad de la cruz pascual? Probablemente ya hemos superado las desviaciones de una fe anclada en el viernes santo, pero no por ello podemos olvidar que es el paso ineludible para llegar a la resurrección. En las diferentes formas de cruz, propias o históricas, también los creyentes hallamos una piedra de tropiezo que los mártires nos invitan a asumir.

            La condición de signo del martirio, así como la influencia que los distintos contextos históricos poseen en sus cambios y formas, nos habla no sólo de nuestra identidad cristiana, sino de la encarnación histórica de nuestra fe. No puede haber testimonio sin penetrar en el espesor de la historia, del mundo, sin una hermenéutica creyente de los signos de los tiempos. Nuestro testimonio no es abstracto, sino concreto y encarnado, encarnado también en un tiempo y lugar donde responder a Dios y al prójimo, donde descubrir historia salvífica, salvación y esperanza.

            La comunión con Cristo Crucificado desde nuestra propia existencia y desde la solidaridad con los crucificados de la tierra, siempre en perspectiva de resurrección y esperanza, dan consistencia y realismo a nuestra fe. La ruptura que implica con nuestras propias idolatrías y endiosamientos, con nuestras visiones de Dios aun necesitadas de conversión, permanece como tarea pendiente para muchos creyentes. Sin embargo, los mártires cuestionan estos aspectos imprescindibles de nuestra fe y, desde su propia impotencia vivida en la fuerza de la gracia, nos invitan a vivir realmente en dinámica de kénosis por amor a y como el Maestro, a encarnar la pobreza evangeliza, la debilidad de la encarnación, la humildad y abajamiento del Hijo por amor y para nuestra salvación.

            La realidad del martirio también cuestiona nuestra postura ante el mal en todas sus formas. Se puede teorizar en la distancia, pero ante quienes lo han padecido con toda crudeza, es imposible eludirlo. La fe cristiana no puede permanecer ajena al sufrimiento de las víctimas, como tampoco puede justificarse ofreciendo paliativos. Nos llama a luchar efectivamente, desde los criterios evangélicos, contra toda fuerza de muerte, de mal, de inhumanidad, siempre contrarias al querer de Dios Padre que ama a todos sus hijos e hijas. Y si hemos mencionado nuestras propias idolatrías, justo es reconocer en este aspecto del mal la connivencia que desde la Iglesia puede encontrar.

            Entre las muchas palabras que emergen del martirio, hay una que, quizá, es la primera que sobresale: la muerte. Vivimos en un mundo de muerte, pero en una sociedad que siente horror ante el morir. Los mártires nos enfrentan a nuestra propia muerte desde su propia opción por Cristo. Sin eludir lo que conlleva de dolor, de impotencia o de angustia, nos dicen que el sentido de la propia existencia se define y radicaliza al afrontar la propia muerte. Desde el punto de vista cristiano, nos hablan de qué significa morir para los cristianos en un paso que concentra toda la vida de fe, esperanza y amor. No hay palabra testimonial que pueda ofrecerse al margen de la definitividad de la muerte, donde nuestro sí a Cristo penetra en la eternidad, pero donde la eternidad de Dios atraviesa nuestra carne.

            Los mártires no solamente nos dejan una palabra desde la negatividad. Por el contrario, es preciso recuperar  la fuerza de su mensaje de vida y resurrección. En medio de la muerte y el sufrimiento, la fe martirial aparece como testimonio luminoso del amor. Se trata de una fe que se convierte en perdón y reconciliación, posibilidad de la prometida comunión fraterna. Es una fe en la que palpita con vigor la esperanza, esperanza de resurrección y, por ello mismo, también de paz y de justicia. Toma partido no por una ideología, sino por los valores del Evangelio, por el proyecto del Reinado de Dios.

            Es hermoso hablar de la vida como don, de la fe vivida como entrega, pero solamente ante el Crucificado –y, en Él, con quienes se hallan configurados por su Cruz- podemos comprender el alcance y significado de estas afirmaciones. El don de la fe nos convierte en don para los demás y la donación, nos dicen los mártires, supone entregar la vida con todas sus consecuencias. Sin poesía, pero con la belleza que se descubre desde la fe en Cristo, vemos que la entrega posee también sus aspectos de dolor y muerte si quiere ser verdaderamente radical.

5. A MODO DE EPÍLOGO

            En estas páginas, se haintentado hacer una pequeña reflexión sobre el martirio y la fe, reflexión que encamina hacia la espiritualidad y la mística, pero que ha querido tener en consideración el discurso dogmático. Llevan, imposible otra cosa, la emoción de acercarse a innumerables hermanos y hermanas que han padecido por amor a Cristo y a la humanidad en Él y el recuerdo conmovido de quienes hoy confiesan a Cristo en medio de la persecución. Por eso, consciente de que es un atrevimiento teorizar en la distancia sobre lo que otras personas sufren en su carne, quisiera dejar las palabras de quien sabía que se acercaba el momento del martirio. Se trata del llamado “testimonio del P. Christian”, abad de la comunidad trapense de Tibhirine y martirizado con otros seis hermanos en Argelia, en 1996. Sus palabras encierran la teología vivida de los santos, de los mártires, sencillamente insustituible.

                                                              
       Cuando un A-Dios se vislumbra...

Si me sucediera un día --y ese día podría ser hoy--
ser víctima del terrorismo que parece querer abarcar en este momento
a todos los extranjeros que viven en Argelia,
yo quisiera que mi comunidad, mi Iglesia, mi familia,
recuerden que mi vida estaba ENTREGADA a Dios y a este país.
Que ellos acepten que el Único Maestro de toda vida
no podría permanecer ajeno a esta partida brutal.
Que recen por mí.
¿Cómo podría yo ser hallado digno de tal ofrenda?
Que sepan asociar esta muerte a tantas otras tan violentas
y abandonadas en la indiferencia del anonimato.

Mi vida no tiene más valor que otra vida.
Tampoco tiene menos.
En todo caso, no tiene la inocencia de la infancia.
He vivido bastante como para saberme cómplice del mal
que parece, desgraciadamente, prevalecer en el mundo,
inclusive del que podría golpearme ciegamente.
Desearía, llegado el momento, tener ese instante de lucidez
que me permita pedir el perdón de Dios
y el de mis hermanos los hombres,
y perdonar, al mismo tiempo, de todo corazón, a quien me hubiera herido.
Yo no podría desear una muerte semejante.
Me parece importante proclamarlo.
En efecto, no veo cómo podría alegrarme
que este pueblo al que yo amo sea acusado, sin distinción, de mi asesinato.
Sería pagar muy caro lo que se llamará, quizás, la "gracia del martirio"
debérsela a un argelino, quienquiera que sea,
sobre todo si él dice actuar en fidelidad a lo que él cree ser el Islam.
Conozco el desprecio con que se ha podido rodear a los argelinos tomados globalmente.
Conozco también las caricaturas del Islam fomentadas por un cierto islamismo.
Es demasiado fácil creerse con la conciencia tranquila
identificando este camino religioso con los integrismos de sus extremistas.
Argelia y el Islam, para mí son otra cosa, es un cuerpo y un alma.
Lo he proclamado bastante, creo, conociendo bien todo lo que de ellos he recibido,
encontrando muy a menudo en ellos el hilo conductor del Evangelio
que aprendí sobre las rodillas de mi madre, mi primerísima Iglesia,
precisamente en Argelia y, ya desde entonces, en el respeto de los creyentes musulmanes.
Mi muerte, evidentemente, parecerá dar la razón
a los que me han tratado, a la ligera, de ingenuo o de idealista:
"¡qué diga ahora lo que piensa de esto!"
Pero estos tienen que saber que por fin será liberada mi más punzante curiosidad.
Entonces podré, si Dios así lo quiere,
hundir mi mirada en la del Padre
para contemplar con El a Sus hijos del Islam
tal como El los ve, enteramente iluminados por la gloria de Cristo,
frutos de Su Pasión, inundados por el Don del Espíritu,
cuyo gozo secreto será siempre, el de establecer la comunión
y restablecer la semejanza, jugando con las diferencias.
Por esta vida perdida, totalmente mía y totalmente de ellos,
doy gracias a Dios que parece haberla querido enteramente
para este GOZO, contra y a pesar de todo.
En este GRACIAS en el que está todo dicho, de ahora en más, sobre mi vida,
yo os incluyo, por supuesto, amigos de ayer y de hoy,
y a vosotros, amigos de aquí,
junto a mi madre y mi padre, mis hermanas y hermanos y los suyos,
¡el céntuplo concedido, como fue prometido!
Y a ti también, amigo del último instante, que no habrás sabido lo que hacías.
Sí, para ti también quiero este GRACIAS, y este "A-DIOS" en cuyo rostro te contemplo.
Y que nos sea concedido rencontrarnos como ladrones felices
en el paraíso, si así lo quiere Dios, Padre nuestro, tuyo y mío.
                                                                                                    

  ¡AMEN! IM JALLAH!       

 

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María José Mariño CM



[1] El martirio, como la fe cristiana, posee una dimensión eclesial constitutiva. Sin embargo, para evitar en lo posible repeticiones con otro de los temas de estas jornadas y centrar más el que nos ocupa, se omitirán los aspectos eclesiales en su desarrollo.

[2] Es clásica la aportación de Karl Rahner sobre la necesidad de revisar el concepto y actualizarlo a las nuevas situaciones históricas: “Dimensionen des Martyriums” (1983), en: SämtlicheWerke 29, pp. 334-337. Se puede consultar en español dentro de un volumen dedicado enteramente al martirio: Concilium 19 (1983), pp. 321-324. Con todo, hay una línea común en la reflexión sistemática sobre el martirio. Además de los libros y artículos que aparecerán a lo largo de estas páginas, puede consultarse también: E. Christen (1992), voz: “Martyrium: Sistematisch-theologisch”, en: (1992) TheologischeRealenzyklopädie b. 22, Berlin-New York: Walter de Gruyter, pp. 212-220; M. Scheuer (1997), voz: “Martyrer, Martyrium”, en: LexikonfürTheologieundKirche,Freiburg-Basel-Rom-Wien: Herder, 1436-1444. Más sencillo en la exposición, pero igualmente riguroso: B. Olivera (1999), Martirio y consagración: los mártires de Argelia, Madrid: Publicaciones Claretianas.

 

[3] En realidad, se trata de recordar una vez más la clásica afirmación de san Agustín: “martyres non facitpoena, sed causa” (Enarrationes in Ps. 34). En la misma línea prosiguió Tomás de Aquino (cf. Epist. ad Rom. 8,7).

[4] Resaltar la solidaridad de los mártires con las víctimas inocentes y con quienes luchan por la justicia desde creencias diferentes, resulta imprescindible en las condiciones actuales del martirio. Sin embargo, y reconociendo lo interesante de la aportación de autores como J. Sobrino cuando hablan de los “mártires jesuánicos”, no lo consideraremos martirio más que de modo análogo (cf. J.M. Tojeira (1997), “Martirio en la Iglesia actual. Testigos de Cristo en El Salvador”, en: Estudios Centroamericanos 589-590 (noviembre-diciembre 1997).

[5]Cf. E. Peterson (1966), Tratados teológicos, Madrid: Cristiandad, pp. 71-101.

[6] Así, el Catecismo de la Iglesia Católica en el número 2473 define el martirio como “supremo testimonio de la verdad de la fe; designa un testimonio que llega hasta la muerte. El mártir da testimonio de Cristo, muerto y resucitado, al cual está unido por la caridad”.

[7]  La primera referencia del uso de mártir como sinónimo del cristiano que muere a causa de su fe lo encontramos en el MartiriumPolicarpi (155 d.C.), si bien textos anteriores ya conocen la experiencia del martirio en este sentido. De esta transición semántica se hará eco Orígenes: “Quien da testimonio de la verdad, ya con palabras, ya con actos,tiene derecho a ser llamado mártir; pero entre los hermanos, llevados por su amor a los que lucharon hasta la muerte, se ha establecido la costumbre de llamar mártires a quienes testimoniaron a favor del misterio de la piedad con la efusión de su sangre”. Orígenes, In Ioannen. II, 210: PG 14, 176.

[8] Cf. Benedicto XIV (1737), "De servorum Dei beatificatione et beatorumcanonizatione".

[9] A partir de la época de los Macabeos (s. II a.C.), se puede identificar una primera reflexión sobre el sufrimiento y la muerte a causa de la fe, lo que podríamos llamar una primera “teología del martirio” en el pueblo judío, sin olvidar que esta temática de la persecución del justo por su fidelidad a Yahvé se halla presente en la literatura profética.

[10] Para ampliar este aspecto del martirio y de modo sintético, pueden consultarse los siguientes apartados de la voz “Martyrium” en: TheologischeRealenzyklopädie b. 22, 1992, Berlin-New York: Walter de Gruyter. Interesan: P. Gerlitz, “Religionsgeschichte”, pp. 197-202; E. Kanarfogel, “Judentum”, pp. 203-207; M. Slusser, “Neues Testament und Alte Kirche”, pp. 207-212.

[11] De los numerosos estudios sobre el martirio en los primeros siglos del cristianismo, pueden servir para dar una visión amplia de los temas que abarca las siguientes referencias: T. Baumeister (1991), GeneseundEntfaltung der altkirchlichenTheologie des Martyriums, Bern: Peter Lang. A. Carfora (2012), La spiritualitá del martirio cristiano antico nelle sue dimensioni testimoniali e comunicative, Napoli: Pontificia Facoltàdell´ItaliaMeridionale. E. A. Castelli (2004), Martyrdom and memory: early christian culture making, New York: Columbia University Press. A. G. Hamman (1998), El martirio en la antigüedad cristiana, Bilbao: Desclée de Brower. J. Perkins (1995), The suffering self: pain and narrative representation in the Early Chritian Era, London: Routledge.

[12] No todos los exégetas dan el mismo valor a la relación entre el contexto martirial de las comunidades joánicas y su teología. A modo de ejemplo: cf. C. Carbullanca (2012), “El Hijo del hombre joánico. Una teología del martirio y la exaltación”, en: Teología y Vida, nº 1-2 (2012), pp. 193-223. De todos modos, el hecho como tal es indudable y permite alguna de las reflexiones siguientes.

[13] Tertuliano, Apolog., 50,13.

[14]San Agustín, Bapt.,  2. 1-2.

[15] Cf. íd., En. Ps., 115.6.

[16]Íd., Ep., 89.2.

[17] Referencia a 1Cor con relación al martirio también en: san Agustín, En. Ps., 118.30.7; 118.21.8.

[18]Íd., Jo. Ev.Tr. 6.23.

[19]Tomás de Aquino, S. Th. II-II, q.124, a.2. 

[20] “Con sus padecimientos corporales dan testimonio de la verdad hasta la muerte, no de cualquier verdad, sino de la verdad que se ajusta a la piedad (“secundumpietatis” Tit 1,1) que se nos manifiesta en Cristo. De ahí que los mártires de Cristo son como testigos de su verdad. Pero se trata de la verdad de la fe que es, por tanto, la causa de todo martirio. Pero a la verdad de la fe pertenece no sólo la creencia del corazón, sino también la confesión externa, la cual se manifiesta no sólo con palabras con las que se confiesa la fe, sino también con las obras por las que se demuestra la posesión de esa fe (Sant 2, 18). […] Por tanto, las obras de todas las virtudes, en cuanto referidas a Dios, son manifestaciones de la fe […] y bajo este aspecto pueden ser causa del martirio”. “Cualquier obra buena o evitar cualquier pecado por Cristo […] cae dentro de la confesión de la fe”. S.Th. II-II, q.124, a.5.

[21]In Ep. Ad Rom, c.8, lect.7.

[22]S. Th. II-II, q. 124, a. 3.

[23] Benedicto XIV, De Servorum Dei beatificatione et beatorumcanonizatione, III, 11,1. La necesidad de regular las canonizaciones, incluyendo las de mártires, explican el origen de este giro en el concepto de martirio. Analizado con detalle ya en nuestra época el Código de Derecho Canónico, se puede constatar que, a pesar de la extendida limitación del concepto a la muerte in odiumfidei, la visión canónica es bastante más amplia, si bien limitada a su propio ámbito de reflexión. Cf. M. Pérez Tejera (1993), Elementos constitutivos del concepto teológico-canónico del martirio, Roma: Pontifica Universidad Lateranense, Diss.

[24]No parece casual que sea la teología de la liberación y, muy especialmente la Iglesia salvadoreña, la que no sólo ha recuperado el martirio como categoría teológica, sino que lo ha situado en un lugar central. Cf. Jon Sobrino (1995), “Los mártires y la teología de la liberación”, en: Sal Terrae (1995), pp. 699-716.

[25] Un sencillo análisis del martirio según el texto conciliar puede encontrarse en el artículo de R. Fisichella sobre el martirio en: R. Latourelle-R. Fisichella (eds.) (1992); Diccionario de Teología Fundamental, Madrid: Ediciones Paulinas.

[26] “El remedio del ateísmo hay que buscarlo en la exposición adecuada de la doctrina y en la integridad de vida de la Iglesia y de sus miembros. A la Iglesia toca hacer presentes y como visibles a Dios Padre y a su Hijo encarnado con la continua renovación y purificación propias bajo la guía del Espíritu Santo. Esto se logra principalmente con el testimonio de una fe viva y adulta, educada para poder percibir con lucidez las dificultades y poderlas vencer. Numerosos mártires dieron y dan preclaro testimonio de esta fe, la cual debe manifestar su fecundidad imbuyendo toda la vida, incluso la profana, de los creyentes, e impulsándolos a la justicia y al amor, sobre todo respecto del necesitado. Mucho contribuye, finalmente, a esta afirmación de la presencia de Dios el amor fraterno de los fieles, que con espíritu unánime colaboran en la fe del Evangelio y se alzan como signo de unidad”. GS 21.

[27] En términos clásicos, se trataría de comprender la fe no solamente en cuanto contenidos aceptados (fidesquae), sino que ésta remite necesariamente al acto personal bajo la acción de la gracia (fides qua) por la que la persona acepta y confía en el Dios que se revela. Naturalmente, se trata de dos momentos, inseparables y recíprocos, del único acto de fe. Solamente se trata de resaltar el aspecto personal, de encuentro y diálogo, que define al sujeto creyente.

[28] O. Semmelroth (1977), voz “Martirio” en: SacramentumMundi 4, p. 457.

[29]“El martirio sella definitivamente la vida del hombre como configurada con la vida de Cristo, que acabó en la muerte por el mensaje predicado sobre el Padre que le envió”. Ib., p. 458.

[30]R. Schulte (1984), “La metanoia como estructura permanente de la existencia personal. 3- Conversión y martirio”, en: (1984), MysteriumSalutis V, Madrid: Ediciones Cristiandad, p. 198.

[31] Cf. K. Rahner (1958), Zur Theologie des Todes, en: Sämtliche Werke 9, pp. 348-392. 418-441.

[32] De este núcleo de gracia intrínseco al martirio vendrán como consecuencia las diversas comprensiones del martirio como “sacramento”. Sin embargo, para evitar confusiones y lecturas ambiguas, omitimos este aspecto “sacramental”. De hecho, el primero en aludir a ello fue Karl Rahner quien, desde la teología de la gracia, hablará de realidad “cuasisacramental”.

[33]El mártir “atestigua su condición cristiana de manera muy concreta, concentrándose la fidelidad en actos determinados, que en el contexto histórico preciso tienen valor de signo”. R. Blázquez (2007), “¿Quién es un mártir cristiano?, en: E. González Rodríguez (ed.), El martirio cristiano. Testimonio y profecía, Madrid: EDICE, pp. 46-47.

[34]“El testimonio descansa sobre el Testimoniado y el Testimoniado genera para Sí el testimonio verdadero”. K. Rahner, op. cit., pp. 431-432. 

[35]K. Rahner, op. cit., p. 430.No por casualidad, esta obra contiene un “Excursus sobre el martirio”, al que corresponde la presente cita.

[36] “Esta muerte es testimonio de la fe con la totalidad de su ser, integrado en una decisión fruto de la gracia de Dios que le conduce desde lo más hondo de sí. Este testimonio, realización total y encarnada de la fe, es antes que nada un testimonio para la misma fe, pero también para la realidad de Aquel en quien se cree y a quien se alcanza creyendo, a diferencia de cualquier otra convicción personal. Y porque acontece en la gracia, llega a su cumbre en el martirio”. K. Rahner (1962), voz: “Martyrium”, en: Sämtliche Werke 17/1 (Lexikon Theologie und Kirche VII), p. 333.

[37] K. Rahner (1958), Zur Theologie des Todes, en: Sämtliche Werke 9, p. 430. Aquí hallamos un nuevo elemento que vincula martirio a Iglesia y que permitirá comprender que se testimonian recíprocamente, al mismo tiempo que el martirio da veracidad a la Iglesia al encarnar la misión de ésta de hacer presente al Crucificado en la historia.

[38] Hay interesantes estudios sobre la relación entre martirio e identidad eclesial. A modo de ejemplo y con amplia bibliografía, puede consultarse: J. Leemans (ed.) (2005), More than a Memory. The Discourse of Martydom and the Construction of Christian Identity in the History of Christianity, Leuven-Paris-Dudley: Peeters.

[39] El subtítulo de “memoria y profecía” hace una evidente alusión al conocido libro de B. Forte (1987), La teologia come compagnia, memoria e profezia. Introduzione al senso e al método dellateologia come storia, Milano: Paoline.

[40] Además de resaltar la dimensión creyente de los mártires, este aspecto activo –cuando menos para afirmar y no negar la propia fe ante la amenaza de muerte- va a distinguirlos de otras muchas víctimas del mal en la historia. Naturalmente, esto no disminuye la solidaridad creyente con las víctimas ni el valor teológico de las mismas, pero es necesario evitar equívocos. La precisión en los términos solamente pretende clarificar lo que implica de identidad cristiana en juego.

[41]“Sepultados con Él en el bautismo, con Él también habéis resucitado por la fe en la acción de Dios, que resucitó de entre los muertos”. Col 2, 12.

[42] El tema de la relación entre martirio y misión resulta muy extenso. Pueden hallarse referencias en casi todos los artículos sistemáticos sobre el mismo. También en temas de misionología (por ejemplo: 62 Semana Española de Misionología, La misión en situación de conflicto, Burgos 1983, especialmente la conferencia de R. Calvo: “El testimonio/martirio, dimensión constitutiva de la evangelización”) o en obras generales (p. e. cf. J. Saraiva Martins (2007), “Martirio y misión”, en: E. González Rodríguez (ed.), El martirio cristiano. Testimonio y profecía, Madrid: EDICE, pp. 13-32).

[43] Al menos hemos de citar un aspecto más implícito en este tema: martirio, misión e Iglesia convergen también en su dimensión pneumatológica.

[44] K. Rahner (1969), voz “Liebe”, en: Sämtliche Werke 17/2 (Sacramentum Mundi II), p. 1193.

[45] “Señales evidentes de la presencia del Reino son: la vivencia personal y comunitaria de las bienaventuranzas, la evangelización de los pobres, el conocimiento y cumplimiento de la voluntad del Padre, el martirio por la fe, el acceso de todos a los bienes de la creación, el perdón mutuo, sincero y fraterno, aceptando y respetando la riqueza de la pluralidad, y la lucha para no sucumbir a la tentación y no ser esclavos del mal”. Documento de Aparecida (V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe), 383. Las cursivas son nuestras.

[46] Distinguimos cuatro formas básicas del testimonio cristiano: Kerygmático-misionero, diacónico, profético y pático (cf.E. Arens (1989), BezeugenundBekennen. Elementare Handlungen des Glaubens, Dusseldorf: Patmos). El martirio representa el testimonio pático por excelencia, aunque no el único. Cualquiera de los otros puede terminar en martirio, pero éste puede acaecer independientemente, como sucede en tiempos de persecución religiosa abierta. Esta precisión intenta, una vez más, reivindicar la dignidad del testimonio dado en el martirio en un momento en el que, incluso entre no pocos creyentes, despierta admiración y credibilidad solamente algún tipo concreto del mismo. La sensibilidad histórica, siempre a considerar, no puede oscurecer la significación creyente del martirio en general.

[47]“El Padre como Creador y Señor de la historia es Él mismo y en Cristo, su Palabra, Testigo. A través de su Palabra y en el Espíritu Santo, incluye todo testimonio humano en el proceso de su autocomunicación para la salvación del hombre. El Espíritu Santo sostiene y conduce el testimonio de Dios en y con el testigo, a quien une en comunión con Cristo, le introduce en su destino de vida, al mismo tiempo que le estimula hacia el testimonio al modo de Cristo”.A. STEINKE (1997),Christliches Zeugnis als Integration vor Erfahrung und Weitergabe des Glaubens, Würzburg: Echter, p. 399. La cita se refiere al testimonio cristiano en general, pero el martirio, en cuanto forma especialmente intensa del mismo, lo significa de modo excepcional.

[48]“El conocimiento de Dios en la pasión y cruz de Cristo destruye al hombre que abandona su humanidad pues ese conocimiento mata a sus dioses y acaba con su supuesta divinización. Lo libera de su monstruosa hybris (arrogancia) abriéndolo a su verdadero ser humano, al homo incurvatusin se lo conduce a la apertura para con Dios y el prójimo, dándole al narciso la fuerza consistente en el amor al otro”. J. Moltmann (19772), El Dios Crucificado. La cruz de Cristo como base y crítica de toda la teología cristiana, Salamanca: Sígueme, p.109.

[49]“Conocer a Dios significa padecerlo. Conocer a Dios en la cruz de Cristo implica un conocimiento crucificante, porque le destruye a uno todo lo que le puede servir de asidero y edificación, tanto las obras como el conocimiento de la realidad, liberándolo a uno precisamente de esa forma”.  Ib., p. 295.

[50] “Pero lo que era para mí ganancia, lo he juzgado una pérdida a causa de Cristo. Y más aún: juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura para ganar a Cristo, y ser hallado en él, no con la justicia mía, la que viene de la Ley, sino la que viene por la fe de Cristo, la justicia que viene de Dios, apoyada en la fe, y conocerle a Él, el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a Él en su muerte, tratando de llegar a la resurrección de entre los muertos”. Flp 3, 7-11.

[51] Juan de la Cruz, carta 19 a Juana de Pedraza, 1582.

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