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Etapa del crecimiento.

Durante las experiencias pastorales de la Escuela de la Virtud en Barcelona, 1851-1853, y en los primeros años desde su destierro en la isla de Ibiza 1857, subsiste la visión de Iglesia como cuerpo moral de Jesús crucificado “comienza a mirar, a contemplar y meditar en Jesús crucificado, el cuerpo moral suyo que es la Iglesia llagada por las herejías, errores y pecados” Carta 39, 7 a Juana Gratias.

En su dirección espiritual recalca la dimensión eclesial de la vida espiritual y la urgencia de la unión con Cristo, Cabeza del cuerpo de la Iglesia. 

“Esa unión se consolida en el amor de los prójimos. Cuida de mí y yo cuidaré de ti. Jesús crucificado en su cuerpo moral es el objeto de toda la solicitud y cuidado del alma...en la oración mira si en ti hay acuerdo entre Dios y tu alma.  Visto este acuerdo, descuidada de ti misma pasa a meditar las llagas del cuerpo moral de Jesús, y ofrécete como víctima para cuanto quiera y exija de ti y en esos ejercicios pasa la oración.” Carta 41,2

           

-                Nos situamos en 1857-1860, en Ibiza. Se produce en Francisco Palau la fusión vital de su experiencia eclesial entre doctrina y  vida. En el Vedrá, islote próximo a Es Cubells, en la soledad absoluta del monte gesta su experiencia de Iglesia, como misterio de comunión.  Se sumerge en esa realidad vital que le unía a todos los hombres vinculados a Cristo, a los ángeles y a los santos.

“…en la primera unión no hay más sino alma y Dios, y en la segunda la esposa se une con un rey, con un gran señor, con un padre de familia, con Jesús, constituyendo, como Cabeza, cuerpo con toda la Iglesia” Cta 67, 3

Sólo la belleza infinita…Es un proceso lento de esclarecimiento y compenetración en línea de amor. Tardará años en descubrir ese amor de Dios como Iglesia,  realidad mística de Cristo y su Cuerpo. A medida que se desarrolla su vida teologal crece su entrega a Dios y a la Iglesia.  Prosigue la noche oscura de la búsqueda y de la clarificación con intervalos de paz y sosiego. 

Poco a poco y de manera progresiva va concentrando en la Iglesia toda su vida: su estudio teológico, su trabajo apostólico, su oración, sus meditaciones, sus ansias y sufrimientos. Va convirtiéndose en el objeto ideal de su amor, en lo que él llama “la Cosa Amada”.

Durante muchos años sigue contemplando la dimensión terrena y visible de la Iglesia aunque sabe que está animada por la fuerza del Espíritu y la presencia de Cristo. Tanta deficiencia no puede ser la realidad que él busca. Tiene que haber algo más profundo, capaz de dar sentido y contenido a su amor. El dinamismo de búsqueda va creciendo en intensidad. Estaba ya próxima la iluminación.

“Iglesia santa! Veinte años hacía que te buscaba: te miraba y no te conocía, porque tú te ocultabas bajo las sombras obscuras del enigma, de los tropos, de las metáforas y no podía yo verte sino bajo las especies de un ser para mí incomprensible; así te miraba y así te amaba. ¡Eres tú el objeto único de mis amores! ¡Ah! Puesto que tantos años hacía que yo penaba por ti, ¿por qué te cubrías y escondías a mi vista?”  MR, Fragmentos III, 1

 

2.            Encuentro ansiado. Dios se adelanta siempre a la persona.


Una gracia especial ha cambiado la orientación de su vida interior. En 1860 quedaría aclarado definitivamente el rumbo de su vida y el sentido de su existencia. Descubre que su obra apostólica tiene sentido de paternidad espiritual  gracias a los lazos de comunión  que le unen con los demás miembros de la Iglesia.

A la luz de esta luz interior se produce en él una profunda transformación, un cambio radical, un nuevo modo de ver y vivir la Iglesia.  Es la culminación de un largo camino de fidelidad y correspondencia. Extraordinaria iluminación que le permite percibir realidades ocultas hasta entonces, y penetrar  con nueva luz en el misterio de la Iglesia.

“Pasé mi vida en busca de mi cosa amada hasta el año 1860.  Bien sabía que existía, pero ¡cuán lejos estaba yo de pensar fuese quien es! El objeto de mi amor era para mí  Dios, de un modo confuso y vago, sin detalles. Yo deseaba, como todos, amar y ser amado, amar y ser correspondido en mi amor; y esta correspondencia por parte de mi Amada, ni la tenía ni la creía, menos, posible; y de ahí era que mi corazón daba gritos buscando amar y ser amado”. MR 8,21

“En 1860, con gran sorpresa mía, empezaron las relaciones con mi cosa amada. Y como era extraño a estas relaciones y no las creía ni menos posibles, por esta causa ha tenido tanto que trabajar en mí la gracia para establecerlas; y en estas relaciones continuas he pasado hasta la fecha.” MR 8,22

Tenía 50 años de edad cuando sintió ese cambio radical de panorama en su vida. Fue en la catedral de Ciudadela (Menorca). El mes de Noviembre de 1860. Termina la búsqueda y logra la posesión de la realidad A partir de este acontecimiento habrá un antes y un después en su vida. La que precedió a esa gracia y la que le siguió hasta el final.

“Una tarde estaba yo en una Iglesia catedral esperando llegase la hora de la función…Y  fue mi espíritu transportado  ante el trono de Dios…” MR Fragmentos II, 1

Oí una voz que salía del trono de Dios y me decía: Tú eres sacerdote  del Altísimo; bendice…Esa es mi hija muy amada. En ella tengo mis complacencias: dala mi bendición…Yo conocía a esa Señora y dar por su servicio mil vidas fuera para mí poca cosa...” MR Fragmentos II,2

“En esta salida que he hecho de Ibiza, he buscado conocer mi misión. Para mí estos últimos días en Palma Ciudadela son y serán memorables, porque el Señor se ha dignado fijarme de un modo más seguro el camino, mi marcha y mi misión.  El Señor me ha concedido en la Iglesia catedral de ésta lo que 14 años había, le pedía con muchas lágrimas, grandes instancias y con clamor de mi espíritu. Y era conocer mi misión.” Cta 57

Sabe reconocer con claridad  la voz de Dios que le habla a través de la Iglesia, tanto en la vida  interior  como en la vida apostólica. Sólo Dios puede llenar el corazón humano.

“La busqué y la encontré…! Vi a mi amada y me uní con ella en fe, en esperanza y amor! Su presencia satisfizo mi pasión y con ella yo era feliz, su belleza me bastaba. Dios y el prójimo o sea, la Iglesia católica se me apareció tan bella como una divinidad.” MR Fragmentos I, 3

“¡Oh qué dicha la mía! Te he ya encontrado. Te amo, tú lo sabes: mi vida es lo menos que puedo ofrecerte en correspondencia a tu amor.” MR Fragmentos III,2

En el plano del esclarecimiento de la Iglesia significó una comprensión profunda de lo que antes intuía. Fue como un desvelarse la realidad viva y misteriosa de la Iglesia.

Al fin, el descubrimiento: la Iglesia es una persona mística.

Insiste en señalar fecha, lugar y momento, como algo concreto, pero que tiene lugar poco a poco, es decir, como un proceso vital de muchos años que va madurando gradualmente.

“Por fin,  pasados cuarenta años en busca de ti, te hallé. Te hallé porque tú me saliste al encuentro, te hallé porque tú te diste a conocer…; y si tú no te hubieses revelado, hubiera desaparecido  sin relacionarme contigo…Yo soy Dios y tus prójimos, yo soy en Cristo Cabeza el gran cuerpo moral de su Iglesia…”  MR 22, 17

Implicó en la vida de Francisco Palau un cambio radical, una transformación profunda de toda su existencia:

“Ahora ¡qué cambio en mí, qué situación tan distinta! Conozco a mi Amada, porque ella cuida de revelarse a quien la ama; el amor no ha hecho más que ponerse en orden…” MR 10,17

En el plano concreto de la vida, siente colmada sus ansias de amar; encuentra el sentido definitivo  de su existencia, el ideal de su servicio, la misión a que está llamado: Amar a la Iglesia y hacer que la amen los demás, predicarles su belleza y su santidad.

“Mi misión se reduce a anunciar a los pueblos que tú eres infinitamente bella y amable y a predicarles que te amen.” MR 12,2

 

3.            La gracia se convierte en compromiso.

A partir de este momento, comienzan sus “relaciones con la Iglesia”, mide su vida por los grados y las expresiones de amor recíproco entre él y su Amada, la Iglesia santa. El amor va en aumento también en esta etapa hay grados y niveles. Lo describe como un proceso evolutivo, ascensional.

Dentro de esta nueva situación hay dos períodos:

  • Corresponde a los años 1860-1865. Se caracteriza por una experiencia – comunicación, en la que se alternan las ausencias y presencias, las penas y  gozos, las dudas y la paz interior. Es el estadio típico purificativo de la fe.

“No pudiendo soportar la llama del amor que ardía dentro de mi pecho viviendo entre los hombres, me resolví en mi edad viril a vivir solitario en los desiertos. Te llamé – a la Iglesia- y no me respondiste, te busqué dentro del seno de los montes, en medio de los bosques, sobre la cima de las peñas solitarias, y no te hallé. En la soledad del monte marchité mi virilidad en busca de ti; en las bellas mañanas de la primavera, en las tardes quietas del verano, en las noches frías del invierno, dentro de las cuevas;  en las noches serenas del verano, sobre la cima de los montes te busqué y no te hallé. ¿Dónde estabas entonces? Ah! estabas tan cerca y yo no lo sabía, estabas dentro de mí, y yo te buscaba tan lejos! ¿Por qué no te hiciste visible?”  MR 22,16

 

  • El segundo período, de progresiva tranquilidad y serenidad, a partir de 1865, una presencia más estable y serena de la Iglesia, que va integrando todos los aspectos. Percibe mejor el sentido profundo de su comunión eclesial y el contenido de su paternidad espiritual, realizada sobre todo en su sacerdocio y en su misión de Fundador.

Sabe que el amor es obras y que su amor está centrado en la Iglesia y comprometido con ella. La misión es ya amar. El amor es obras. Vive una experiencia de vida espiritual muy rica.

“Tú sabes Iglesia santa que si vivo, vivo por ti y para ti”. MR 7,2

“Tú me amas, yo te amo, y el amor es obras.”  MR 1,19

“Obras son amores… A mí me hallarás solitaria en los claustros, desiertos y ermitas y pastora en medio de los pueblos, peregrina en los caminos, y toda en todos y en todas partes donde la caridad ejerce sus actos y funciones” MR 19,11

Es ella quien le pide obras, pruebas de ese amor.  Se siente llamado al servicio apostólico. Se le revela a través de grupos, pueblos y ciudades evangelizadas a lo largo de 1860.

 “En 1866 presentóse la cosa amada no como amante, amiga, esposa y mujer, sino como la madre de infinitos pueblos  y como reina y señora en el cielo y en la tierra…” MR 15,5

“Vivo y viviré por  la Iglesia, vivo y moriré por ella.” MR 1,29

Una y otra vez en momentos de intensa pasión hace ofrenda de la propia vida a la Iglesia. Es la Iglesia la que se le revela como cosa concreta y viva. Es más, como una persona.

“Yo pensaba que eran objetos separados; no pensaba que Dios y los prójimos fueran cabeza y cuerpo, no creía que la Iglesia fuese mi Amada, no pensaba fuese cosa viva, distinta…” MR 22,19



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