La herencia teresiana del amor a la Iglesia en Francisco Palau

 

El eje de la vida de Teresa de Jesús como proyección de su amor por Cristo y su deseo de la salvación de los hombres fue la Iglesia. Sintió profundamente los problemas y la división de los cristianos de su época como un desgarro de su propio corazón[1]. Su vida en el claustro no le impide enterarse y afligirse por lo que ocurre fuera de los muros de San José; se apena muchísimo por el daño que la difusión del protestantismo hace a la unidad de la Iglesia:

“Estáse ardiendo el mundo, quieren tornar a sentenciar a Cristo, como dicen, pues le levantan mil testimonios, quieren poner su iglesia por el suelo” “¡Oh hermanas mías en Cristo! Ayudadme a suplicar esto al Señor, que para eso os juntó aquí; éste es vuestro llamamiento, éstos han de ser vuestros negocios, éstos han de ser vuestros deseos, aquí vuestras lágrimas, éstas vuestras peticiones […] No hermanas mías, no es tiempo de tratar con Dios negocios de poca importancia” (C 1, 5).

Francisco Palau heredó de Teresa de Jesús el “sentir la Iglesia”, y vivir la pasión por ella como miembro del Cuerpo místico de Cristo. Para ambos, los tristes acontecimientos de la Iglesia de su tiempo, fueron como heridas progresivas que suscitaron raudales de fidelidad y de servicio.

La finalidad de Camino de perfección, según las propias palabras de la Santa, tiene su origen en un vivir atenta a lo que sucede a su alrededor. Escucha y comparte su inquietud por las noticias que le llegan sobre los problemas de la Iglesia:

“En este tiempo vinieron a mi noticia los daños de Francia y el estrago que habían hecho los luteranos y cuánto iba en crecimiento esta desventurada secta. Me dio gran fatiga y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal. Me parecía que mil vidas pusiera yo para remedio de un alma de las muchas que allí se perdían”. (C 1, 2)

Dándose cuenta de algunos de los males de la Iglesia escribe: “me determiné a hacer eso poquito que era en mí, que es seguir los consejos evangélicos con toda la perfección que yo pudiese y procurar que estas poquitas que están aquí hiciesen lo mismo [...] ocupadas en oración por los defensores de la Iglesia”[2].

Del mismo modo, Francisco Palau declara que las razones que motivaron su decisión de publicar su obra, Lucha del alma con Dios, fueron: la lamentable situación religiosa de España; la necesidad de la oración para salvarla; la falta de instrucción y aprecio de este medio eficaz de implorar la ayuda de Dios[3].

“El impío prosigue cortando ramos del árbol sacrosanto de la religión católica. Sus golpes son continuos. Su empeño es destruirlo del todo y arrancarlo de raíz. Y si el Dios de las misericordias… no detiene la mano del impío, va a lograr éste su intento. Porque ves que ya se dirigen algunos golpes a la raíz; ves propuesto formalmente el cisma, y se persigue al clero que osa levantar la voz y manifestarse adicto al centro de la unidad católica, que es el Papa”[4].

Lo que ven y oyen no les deja indiferentes sino que los conmueve profundamente[5].

Como vemos, en ambos místicos carmelitas, late, por un lado, el dolor por la situación histórica del mundo y la Iglesia .guerras, muertes, incendios, profanaciones, "deshechas las iglesias, perdidos tantos sacerdotes, quitados los sacramentos"[6], nos dirá Santa Teresa, y por otro, la necesidad de implicarse, de actuar para poner remedio.

A la preocupación por las necesidades de la Iglesia responden teologalmente y con realismo. Ante los males, que se ofrecen a su mirada contemplativa y contempladora, Teresa, se angustia ante la propia impotencia: "me vi mujer y ruin e imposibilitada"[7]... Pero enseguida su respuesta es "determinarse a hacer", siendo fiel a los consejos evangélicos; ser tales, que su vida valga para la Iglesia; hasta convertirse en dique de contención frente a los males de Europa, haciendo palanca por los que son "defendores" de la Iglesia[8].

Vemos como ambos autores captan lo que acontece y se enrolan en los avatares de la Iglesia y de la historia. Optan determinadamente por Cristo y actúan en consecuencia con la confianza puesta en Dios. Ambos ponen todo su potencial humano y espiritual para mantener resplandeciente el rostro de la Iglesia santa.

Ambos fueron ensanchando los horizontes de su amor y de su oración a medida que tomaban conciencia de la esencia misionera de la Iglesia; con un afecto filial y adhesión incondicional al Papa, le llevó incluso a Teresa a mantener una correspondencia epistolar con el Papa Pío V y a Francisco Palau a seguir las directrices de los distintos Papas que gobernaron la Iglesia durante su vida y someter su criterio y doctrina sobre el exorcistado a la potestad de la Iglesia reunida en Concilio.

La confesión de fe con la que Santa Teresa rubrica el libro de las Moradas: “En todo me sujeto a lo que tiene la Santa Iglesia Católica Romana, que en esto vivo y protesto y prometo vivir y morir”, la encontramos reflejada en el libro de Mis Relaciones con la Iglesia del Beato Francisco Palau: “Vivo y viviré por la Iglesia, vivo y moriré por ella”.

En Alba de Tormes, al final de una intensa jornada de caminos fundacionales, Teresa de Jesús exclama: “Gracias... Dios mío..., porque me hiciste hija de tu Santa Iglesia católica”. O como recuerda otro testigo: “Bendito sea Dios..., que soy hija de la Iglesia”.

Francisco Palau recoge la antorcha de amor a la Iglesia que la Santa nos ha legado y enriquece su luz con nuevos destellos y matices de compromiso, no sólo para amar a la Iglesia y servirla con generosidad, sino para hacerla el centro de su vida en un camino de identificación con ella.



[1] Cf. Juan Pablo II, Viaje apostólico a España. Homilía de la misa en el IV centenario de la muerte de Santa Teresa de Jesús, Solemnidad de Todos los Santos, Ávila, 1 de noviembre de 1982.

[2] C 1, 1.

[3] Cf. Lucha, 50, 31; 52, 36; 53, 37; 116, 35.

[4] Lucha, 67. Cf. 65-66.

[5] Cf. C 1, 2: “Me dio gran fatiga y, como si yo pudiera algo o fuera algo, lloraba con el Señor y le suplicaba remediase tanto mal...”. Lucha, 58“¡Quién me diera poder aliviar sus angustias, aunque fuera con mi propia sangre!”.

[6] C 35, 3.

[7] Su dolor y preocupación se hacen patentes en los dos párrafos centrales del capítulo: nn. 3 y 4: "(Oh Redentor mío, que no puede mi corazón llegar aquí sin fatigarse mucho! ¡Qué es esto ahora de los cristianos? ¿Siempre ha de ser los que más os deben los que os fatiguen?!… No me deja de quebrar el corazón ver tantas almas como se pierden; mas del mal no tanto. Querría no ver perder más cada día”.

[8] C 1, 2.

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