Jesucristo en la experiencia y doctrina de Santa Teresa de Jesús

Teresa de Jesús y  Jesús Resucitado

Teresa encuentra en Cristo una respuesta clara y liberadora al problema de su realidad de mujer. Estamos en tiempos de antifeminismo social y hasta teológico, que se traduce en recelo y desprecio hacia las mujeres por parte de los teólogos e inquisidores...

Introducción a la comprensión de la Cristología de Santa Teresa

INTRODUCCION

La experiencia viva del misterio de Cristo está en el centro de la experiencia oracional de Santa Teresa. El, Dios y hombre verdadero llena con su presencia toda la vida de la Santa y es la clave de interpretación de sus escritos. Jesucristo precede su oración, ya que para tener un interlocutor de su diálogo de amistad, Teresa ha tenido necesidad de encontrarse con el Señor que le brindaba su amistad. La presencia del Señor sigue también a su oración, ya que la amistad engendra una compañía, unos compromisos de seguimiento y unas actitudes de imitación. A través de la oración como experiencia de la amistad con Cristo, Teresa ha releído todo el Evangelio y ha entrado de lleno en la revelación bíblica. Su vida se ha convertido en una vida en Cristo hasta que el mismo Señor se le ha revelado plenamente como Maestro y Esposo y de El ha recibido la plenitud de la verdad y de la vida.

Vamos a trazar en estas páginas las líneas esenciales del encuentro de Santa Teresa con Cristo a través de la oración. El ejemplo de Teresa es muy elocuente. Ella nos enseña a encontrar a Cristo desde nuestra propia realidad personal e histórica, nos lleva a interiorizar en la oración la revelación que Jesús ha hecho de sí en el Evangelio, hasta hacernos contemporáneos de su experiencia y doctrina. La búsqueda de Jesucristo en su realidad humana, desde nuestra realidad humana, da realismo y hondura a nuestra oración. Pero, además, Teresa tiene la convicción que no se busca en vano a Cristo. El paga la búsqueda con el encuentro, el esfuerzo de traerle presente con su compañía, el deseo de encontrarlo plenamente en el Evangelio con una revelación total de su misterio en la Iglesia y en los hermanos, en los que Él está presente y prolonga su existencia. En la oración se aprende a vivir con Él y como El.

En las actuales circunstancias de la Iglesia esta referencia al ejemplo de la Santa resulta muy significativa. Es imprescindible encontrar el rostro humano de Jesús y dejarnos seducir por su vida. Hay que releer en el Evangelio para que el Señor se nos revele plenamente en sus palabras y sus ejemplos y dé sentido a nuestra realidad personal y social. De esta forma podemos vivir una existencia comprometida que tenga el mismo realismo del vivir de Cristo propuesto a sus discípulos en el Evangelio. Y Él nos revelara plenamente su presencia en los hermanos y en la Iglesia para que nuestro amor a Cristo, Verdadero Dios y verdadero Hombre, se traduzca en una vida en Cristo que se prolonga en nuestra humanidad y en un servicio por amor a nuestros hermanos, hecho de obras significativas y eficaces en el actual contexto y en el momento de nuestra historia.

Con su experiencia Teresa nos traza el camino; pero hemos de ser nosotros los traductores de su ejemplo y de su experiencia en nuestra realidad concreta.

Voy a dividir esta exposición en dos partes. En la primera quisiera trazar las líneas de la búsqueda teresiana de Cristo en la oración, con una serie de indicaciones pedagógicas para nuestra oración personal y comunitaria. En la segunda parte quisiera presentar cómo Cristo se revela a Teresa y cómo se le manifiesta plenamente en ese "Cristo total" que es característico de su oración y de su servicio.

I. TERESA BUSCA A CRISTO EN SU ORACIÓN

1. Acercarse al Evangelio con sensibilidad de mujer

La historia de la oración teresiana es una historia de amistad con Cristo. Empieza a desarrollarse con claridad a partir de la adolescencia, después de las primeras crisis existenciales que llevan a Teresa al monasterio de Santa María de Gracia. Estas experiencias de oración con Cristo y de lectura realista del Evangelio se afianzan durante los primeros años de su vida religiosa y dejan un sello indeleble en su sicología y en su religiosidad. Podemos afirmar que Teresa ha encontrado a Cristo cuando más viva está en su experiencia la sensibilidad, la búsqueda del sentido de la vida y de la opción de su vocación, en un momento de búsqueda y de intensa piedad que marcan pro fundamente su sicología. Durante muchos años, los largos períodos de crisis de mediocridad vivirá de renta, del impacto de esos primeros encuentros con el Cristo del Evangelio. Y cuando después de la conversión tenga que rehacer de algún modo su experiencia de oración, según el consejo de sus confesores, volverá espontáneamente a los recuerdos de la juventud, a su método personal de oración, el del encuentro con Cristo a través de una lectura inmediata de los episodios del Evangelio que le permitían revivir en primera persona el encuentro con Cristo.

Una cosa es cierta, como tendremos ocasión de documentar, Teresa ha buscado a Cristo desde su propia experiencia y en él ha encontrado respuestas adecuadas a su búsqueda. Se ha enfrascado en la lectura del Evangelio con una sensibilidad a flor de piel; por eso ha percibido el realismo y la humanidad del encuentro con el Señor; se ha hecho contemporánea de los personajes que vivieron con el Señor. Se ha acercado al Cristo del Evangelio con vibración humana y sensibilidad de mujer. Hay una serie de hechos que lo comprueban:

- En su oración busca a Cristo como Hombre y con él dialoga, interiorizando su presencia.

- Siente una sintonía particular con los episodios evangélicos en los que Cristo se revela a las mujeres; muestra su predilección por ellas; Teresa se identifica con esos episodios y con sus personajes femeninos.

- Interpreta con originalidad y sensibilidad femenina algunos episodios del Evangelio.

Vamos a tener enseguida ocasión de comprobar todas estas afirmaciones. Sin embargo, quisiera adelantar lo que siento que es una clave de interpretación de todo esto.

En Cristo Teresa ha encontrado no solo un Amigo capaz de llenar su hambre de amistad y de comunicación, sino que ha hallado respuestas satisfactorias a los problemas existenciales que en el entorno de su época y en la situación espiritual de su convento no hallaba.

- En la búsqueda instintiva de Cristo como Hombre no sólo se revela su propia humanidad, sino el gozo liberador de haber encontrado a Cristo en su humanidad que lo acerca a Teresa en una dimensión de igualdad - "como nosotros" y en una dimensión de perdón y de gracia - "para nosotros" - que la llena de inmensa alegría. La humanidad de Cristo rescata de recelos y temores la propia humanidad de Teresa. No tendrá que avergonzarse de sus sentimientos humanos, de su capacidad de amistad, de compartir y de sentir...porque Cristo también tenía sentimientos humanos, era amigo, se conmovía ante el dolor de los amigos, como ante la tumba de Lázaro... Cristo hombre en la plenitud de sus sentimientos libera su propia humanidad de sutiles sospechas espiritualistas que creían malo todo lo humano y lo corpóreo. Además, Cristo se revela lleno de amor y de bondad, capaz de comprender y de perdonar. Los posibles yerros de la propia humanidad pueden ser redimidos y liberados en Cristo.

- Por otra parte Teresa encuentra en Cristo una respuesta clara y liberadora al problema de su realidad de mujer. Estamos en tiempos de antifeminismo social y hasta teológico, que se traduce en recelo y desprecio hacia las mujeres por parte de los teólogos e inquisidores. Teresa ha sentido y sufrido el problema femenino de su época desde su propia experiencia. Ha buscado respuestas a su condición como mujer y cristiana. En el Evangelio, en esa instintiva búsqueda de algunos personajes femeninos, ella ha encontrado una respuesta liberadora que la ha llenado de gozo para siempre, que ha hecho explotar en su corazón una secreta alegría que en el momento oportuno traducirá en convicciones y hasta en denuncias proféticas. Cristo ha liberado a Teresa de su posible complejo femenino al que estaban abocadas las mujeres de su época. Leyendo los episodios del Evangelio no ha encontrado una actitud antifeminista en el Señor, antes bien, ha podido captar en dos palabras la situación privilegiada de las mujeres en relación con el Señor: "No aborrecisteis, Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo las mujeres, antes las favorecisteis con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres". Que es como decir: Cristo estuvo de parte de las mujeres no sólo evitando cualquier signo de "aborrecimiento", sino intensificado para ellas una relación de amistad y de cariño. Y las mujeres supieron pagar esta solicitud del Maestro con la fidelidad del seguimiento hasta la Cruz, con tanto amor y más fe que los hombres; es tuvieron de parte de Jesús. En estas palabras de Teresa encontramos la clave de la comprensión de su amor a Cristo, amigo verdadero, salvador de la humanidad, el que le devuelve el gozo y el honor de ser mujer cristiana a su servicio y al servicio de la Iglesia.

En el Evangelio Teresa ha encontrado respuestas auténticas, cuando ha intentado leerlo desde su realidad sin temor a desvirtuar el mensaje sobrenatural del Evangelio, encontrando en la humanidad de Cristo la carne del Evangelio, las respuestas del vivir humano desde el misterio inefable de la Encarnación que de Cristo hace el Dios como nosotros, con nosotros y para nosotros, tal como lo ha percibido con hondura de fe y realismo humano Teresa de Jesús.

2. Etapas de una búsqueda

Los primeros recuerdos del encuentro con Cristo se remontan a la época de su estancia en las Agustinas de Nuestra Señora de Gracia. María de Briceño le habla del Evangelio. Por entonces la joven Teresa tenía el corazón tan recio "que si leyera toda la Pasión no llorara una lágrima" (Vida, 3,1). Poco a poco ese corazón duro ira cediendo. Harán brecha en su vida las palabras del Evangelio, pocos meses más tarde: "Con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas..." (Vida, 3,5). Terminará por conmoverse ante los trabajos del Señor que ella querrá imitar al menos para devolverle algo al Señor de su amor. (Vida, 3,6).

La decisión de abrazar la vida religiosa cuajo en esa extraña motivación de vivir su opción por Cristo para pasar en los trabajos de la religión algo que pudiese pagar lo que ella sentía que el Señor había hecho por ella, aunque el recuerdo que ella conserva de su profesión religiosa está transido de una vocación de intimidad con Cristo: "el desposorio que hice con Vos" (Vida, 4,3). Por entonces sabia apreciar la vida religiosa como servicio del Señor y "gran dignidad" (Ib.).

La verdadera intimidad va a ir creciendo con la práctica de la oración, de corte netamente cristólogico: "Procuraba lo más que podía traer a Jesucristo nuestro bien y Señor, dentro de mí presente, y ésta era mi manera de oración. Si pensaba en algún paso, le representaba en lo interior..." (Vida, 4,7). Método ingenuo y sencillo, realista y personal: la oración como un encuentro con Cristo presente dentro de si; y para no fabricarse un Cristo a su medida un recurso a los episodios del Evangelio, en los que ella misma se sentía protagonista y contemporánea. Poco a poco se fue adicionando a este modo de orar hasta cuajar en su método de oración. Así nos lo describe en otro lugar; "Tenía este modo de oración, que, como no podía discurrir con el entendimiento, procuraba representar a Cristo dentro de mi, y hallábame mejor -a mi parecer- de las partes adonde le veía más solo. Parecíame a mi que, estando solo y afligido, como persona necesitada me había de admitir a mí. De estas simplicidades tenía yo muchas" (Vida, 9,4). En esta anotación descubrimos ya el feminismo teresiano y su gran realismo: desde su soledad a la soledad de Cristo, en busca de comprensión y de compañía. Era nota constante de su oración contemplar a Cristo como hombre: "Yo solo podía pensar en Cristo como hombre" (Vida, 9,6). A su poca imaginación para figurarse la hermosura del Señor suplía con la contemplación de sus imágenes. Ya la conocían en la Encarnación por sus iniciativas: "amiga de hacer pintar su imagen en muchas partes, y de tener oratorio y de procurar en él cosas que hiciesen devoción..."(Vida, 7,2). Cristo se le había metido en las entrañas a fuerza de mirarlo y de traerlo cabe si: "Había sido yo tan devota toda mi vida de Cristo... y así siempre tornaba a mi costumbre de holgarme con este Señor, en especial cuando comulgaba. Quisiera yo siempre traer delante de los ojos su retrato e imagen, ya que no podía traerle tan esculpido en mi alma como quisiera..." (Vida, 22,4).

Estas confidencias nos revelan el intenso amor con que ha tratado de centrar la Santa su mente, su corazón, su afectividad en la persona de Jesucristo. Se identifican en su vida la búsqueda de Cristo y la oración, el encuentro con el Señor en la oración y su experiencia personal del Evangelio. Una oración de corazón a corazón, de presencia a presencia. Una oración que se convertirá en método, en modo de orar. De esta oración saldrán los títulos en cantadores que la Santa dará a Cristo: Maestro, esposo, Rey, bien mío, deleite, amigo, compañero... Una letanía de intimidades sentidas con realismo y cariño.

Una confidencia teresiana nos revela cómo esta meditación de los misterios del Señor hacía florecer sus sentimientos humanos; "En pensar y escudriñar lo que el Señor pasó por nosotros, muévenos a compasión, y es sabrosa esta pena y lágrimas que proceden de aquí; y de pensar la gloria que esperamos y el amor que el Señor nos tuvo y su resurrección muévenos a gozo que ni es del todo espiritual ni sensual sino gozo virtuoso y la pena meritoria" (Vida, 12,1). No se trata de una oración puramente cerebral ni simplemente sentimental; una oración que hace vibrar la sensibilidad cristiana, con un escalofrío de dolor por la pasión y de gozo verdadero por la resurrección del Señor que es fuente de alegría.

La experiencia teresiana se torna método pedagógico como resultado de una vivencia positiva: "Puede representarse delante de Cristo y acostumbrarse a enamorarse mucho de su sagrada Humanidad y traerle siempre consigo y hablar con El, pedirle por sus necesidades, quejársele de sus trabajos, alegrarse con El en sus contentos y no olvidarle por ellos, sin procurar oraciones compuestas, sino palabras conforme a sus deseos y necesidad" (Vida, 12,2). Es un ejercicio excelente para "cobrar amor" a este Señor, una forma de identificarse con los sentimientos de Cristo Jesús, según la teología paulina.

Contra todo este conato de oraciones peligrosas, de arbitrariedades espiritualistas que quieren subirse a altos grados de oración, la Santa que ha pagado en su propia vida el error de dejar a Cristo aconseja: "Este modo de traer a Cristo con nosotros aprovecha en todos estados y es un medio segurísimo para ir aprovechando en el primero y llegar en breve al segundo grado de oración" (Vida, 12,3).

La Santa, pone en guardia incluso, contra las muchas consideraciones que corren el riesgo de intelectualizar la oración sin llegar al contacto personal con el Señor; por eso aconseja: "se representen delante de Cristo y sin cansancio del entendimiento se estén hablando con El, sin cansarse en componer razones, sino presentar necesidades y la razón que tiene para no nos sufrir allí..." (Vida, 13,11). Así oraba Teresa en una búsqueda de relación interpersonal, de oración no académica, de realismo evangélico en los sentimientos de Jesús y en sus necesidades, como aprendiendo a vivir a la vez con Cristo y como Cristo. Su oración tendía a simplificarse, pero tras enriquecerse de todo el contenido de la "pasión y la vida de Cristo que es de donde nos ha venido y viene todo bien" (Vida, 13,13).

Poco a poco la oración se simplifica hasta reducirse a una mirada de amor, cargada de sentimiento y realismo, donde la comunicación es total por parte de Cristo, en un silencio del hombre que acepta ser instruido por la mirada y la palabra interior del Maestro. He aquí cómo describe la Santa esta formidable simplificación: "Pues tornando a lo que decía de pensar en Cristo en la columna, es bueno discurrir un rato y pensar las penas que allí tuvo, y por qué las tuvo, y quién es el que las tuvo y el amor con que las pasó..." Son estos los momentos clásicos de la meditación que había aprendido en los autores espirituales. Pero ahora añade su experiencia y su método: "Mas que no se canse siempre en andar a buscar esto, sino que se esté allí con El, callado el entendimiento. Si pudiere, ocuparle en que mire que le mira, y le acompañe y hable, y pida y se humille, y regale con El y acuerde que no merecería estar allí... hace muchos provechos esta manera de oración; al menos hallóle mi alma..." (Vida, 13,22).

Así fue durante mucho tiempo la búsqueda y el hallazgo de Cristo en la oración. Y una de las primeras gracias en las que se le reveló la presencia de Dios, en la primera forma de experiencia mística, se la regaló el Señor cuando Teresa iba poniendo su esfuerzo en este conectar con Cristo: "Acaecíame en esta representación que hacía de ponerme cabe Cristo...venirme a deshora un sentimiento de la presencia de Dios que en ninguna manera podía dudar que estaba dentro de mí o yo toda engolfada en El" (Vida, 10,1). Era el premio de una fidelidad, la respuesta a una búsqueda amorosa, apasionada, de Cristo en la oración.

3. Penetrar en el Evangelio desde la oración y la vida

En el acercamiento contemplativo a Jesucristo, Teresa ha penetrado en el pleno sentido del Evangelio y ha aprendido las verdades a los pies del Maestro Divino. Ella podrá decir con verdad que fue el Señor su Maestro.

Está todavía por escribir "El Evangelio según Santa Teresa", es decir, una interpretación global y particular del Evangelio a partir de las citas, las observaciones y la penetración psicológica con que la Santa ha penetrado en el Evangelio de Jesús, releyéndolo con su propia sensibilidad, desde la vida, a partir de su experiencia de oración. Será una agradable sorpresa observar los episodios que cita, la exégesis personal que hace, las frases que más le han llamado la atención, el realismo con que se ha acercado al Señor, especialmente en su misterio pascual de pasión, muerte y resurrección. En este Evangelio según Santa Teresa confluyen sus meditaciones, sus intuiciones, sus experiencias místicas, porque Teresa, hay que decirlo, del Evangelio, de sus episodios y de sus palabras ha tenido experiencia directa sobrenatural. Ha tenido experiencia mística del Evangelio, sin exageraciones apócrifas, con perfecto sentido del misterio con un idéntico realismo en la participación en los misterios del Señor.

Vamos a intentar, al menos, recoger algunos rasgos de su evangelismo, de ese acercarse al Señor con su sensibilidad de mujer a través de una serie de episodios en los que revela la originalidad de Teresa en sus relaciones con el mensaje de Cristo.

- Como la Samaritana. Uno de los episodios evangélicos que más le han llamado la atención a la Santa desde la niñez es el diálogo de Jesús con la Samaritana (Jn 4). A la evocación de la palabra correspondía también el impacto que le hizo el cuadro que estaba en su casa, que tanto le llamó la atención desde su niñez. Teresa se encariñó con esa escena en la que conoció a Cristo y aprendió a orar pidiéndole al Señor que le diera el agua viva. Nos lo recuerda la Santa en esta confidencia autobiográfica: "Oh qué de veces me acuerdo del agua viva que dijo el Señor a la Samaritana, y así soy muy aficionada a aquel Evangelio; y es así cierto, que sin entender como ahora este bien, desde muy niña lo era y suplicaba muchas veces al Señor me diese aquella agua, y la tenía dibujada adonde estaba siempre, con este letrero cuando el Señor llego al pozo: Domine da mihi aquam" (Vida, 30,19). La figura de esta mujer que dialogo con Cristo le será familiar siempre a la Santa, modelo de alguien que quedó saciada en su sed, ejemplo de mujer apostólica que se lanza a anunciar a Cristo desde la experiencia (Meditaciones sobre los Cantares 6,6). No podrá pensar en la oración sino como agua viva que Dios hace brotar en lo hondo del corazón para saciar la sed de Dios que tiene el hombre (cfr.Camino, 19,6; Exclamación 9).

- Como Marta y María en la casa de Betania. Otro episodio que ha llamado la atención a Santa Teresa es la amistad de Jesús con Marta, María y Lázaro. Aquí percibe la Santa la humanidad de Jesús, su capacidad de relación y de amistad sentida, pues se conmueve ante la muerte del amigo y escucha la oración de sus hermanas cuando le piden la resurrección (Moradas V, 3,4; Exclamación 10). Ana de Jesús recuerda el impacto que le había dejado a la Santa este episodio, como hubiera querido acoger a Cristo en su casa, y como ahora quería que sus hijas acogieran a los letrados y ministros del Señor como si fuera el mismo Cristo, recibido ahora en la Betania de cada Carmelo. En sus meditaciones acerca de este episodio, y en sus aplicaciones a la vida, en la encarnación vital de este episodio, la Santa ha llegado a dos conclusiones sorprendentes. La primera es la de afirmar una "mística de la comunidad". Cada comunidad es como una Badiana donde el Señor es huésped permanente que viene a estar y a recrearse y a comer con nosotros (Camino, 17,6); con cariñoso diminutivo había escrito: "Pues pensad que es esta Congregacioncita la casa de Santa Marta" (Ib., 5). La segunda aplicación es revolucionaria en la exégesis tradicional de este paso; Teresa reivindica los méritos de Marta, su servicio al Señor. Llega incluso a hacer sus observaciones sobre el dolor de Marta por la reprimenda del Maestro (Exclamación 5,2). Valora los méritos del servicio, el Maestro se hubiera quedado sin comer (Moradas, VII, 4,12). Y así, de un plumazo, corta por lo sano la oposición entre Marta y María, entre acción y contemplación, valora la complementariedad de los servicios en la Iglesia y en cada comunidad y pone como centro de todo el amor. Se sirve al Señor en la casa cuando se escuchan sus palabras en la intimidad de la oración como María, y cuando se sirve a los hermanos. Todo es amor de Cristo. En el cristiano perfecto la síntesis de vida alcanzara la complementariedad y la riqueza de una contemplación que se hace servicio a los hermanos. Del Evangelio, con intuición femenina, la Santa ha sacado magníficas consecuencias de vida concreta, con originalidad y osadía.

- Como María Magdalena. Es otro personaje con el que la Santa ha sentido una profunda identificación. Desde su experiencia de "pecado" o de gratitud e insensibilidad ante las gracias del Señor, la Santa encuentra en ella un modelo de conversión y de amor a Cristo. Revive con frecuencia, después de la comunión el episodio del perdón de la pecadora en la casa de Simón el fariseo, uno de los episodios más característicos de la libertad de Cristo ante las costumbres de su tiempo (Camino, 34,7). El momento de su conversión esta sellado por esta identificación espontánea: "Era yo muy devota de la gloriosa Magdalena y muy muchas veces pensaba en su conversión, en especial cuando comulgaba, que como sabía estaba allí cierto el Señor dentro de mí, poníame a sus pies pareciéndome no eran de desechar mis lágrimas..." (Vida, 9, 1-3.) Aquella vez hubo lágrimas y tuvo el gozo y la certeza de un perdón, alcanzado porque en el mucho amor de Teresa hubo un movimiento providencial, el de dejar la confianza en ella y ponerla toda en Dios. Y en este gesto hubo también la audacia de una opción total en la vida, para que Dios la cambiara de una vez para siempre: "Paréceme le dije entonces que no me había de levantar de allí hasta que hiciese lo que le suplicaba" (Ib.). María Magdalena será un personaje familiar para la Santa, modelo de fortaleza ante las dificultades del seguimiento hasta la cruz, mujer defendida con amor por el Maestro, modelo del apostolado de las mujeres ( Moradas VII, 4,13). En el Vejamen recuerda también, junto a la Samaritana y a la Magdalena a la Cananea que con su confiada insistencia fue escuchada por el Señor

Se podrían multiplicar los episodios evangélicos en los que la Santa encuentra una forma de contemporaneidad y de donde sabe sacar consecuencias de vida inmediata, en una exégesis concreta y vital. Por la originalidad y por la perspectiva que nos abre en el modo de vivir los episodios evangélicos, incluso con alguna aplicación peregrina, vamos a citar dos episodios característicos en los que Teresa hace su exégesis y saca sus consecuencias.

- La entrada de Cristo en Jerusalén. Las Semanas Santas fueron siempre el gran banquete espiritual y litúrgico de la Santa. Las citas de los episodios de la pasión se hacen densas en los escritos teresianos, como en los Evangelios, donde la pasión ocupa un lugar detallado y extenso en comparación con los otros episodios. Abre la meditación teresiana la entrada del Señor en Jerusalén. En su exégesis muy original parece que ha notado un fallo de atención al Maestro. Parece que se pregunta: ¿quién ha invitado al Señor a comer después del recibimiento apoteósico? Se lleva una desilusión. El Señor ha tenido que volver a la casa de Betania. Le parece mucha la crueldad de los judíos. Decide reparar la ofensa acogiendo al Señor en su corazón ese día. Se prepara para la comunión y permanece en retiro con Cristo. Da su comida a un pobre para que el gesto sea más concreto y eficaz. Un día el Señor le paga con creces "el convite que me hacías este día" (Relación 26). Teresa ha sido fiel a este recuerdo durante muchos años, a partir de los primeros de su vida religiosa. Una forma muy concreta de hacer oración desde la vida, acercarse al Evangelio con sensibilidad femenina, traducir en compromisos concretos la lección evangélica aprendida en la oración.

- Oración en el huerto de los olivos. Otro episodio clásico de la meditación teresiana es el acercamiento a Cristo en la oración del huerto de los olivos. Fue meditación diaria de Teresa durante muchos años, uno de esos lugares en que la soledad de Cristo le invitaba a acercarse con confianza. En la descripción teresiana, admiramos la capacidad de entrar en la realidad de la escena evangélica y su viva participación: "Me hallaba muy bien en la oración del huerto: allí era mi acompañarle; pensaba en aquella aflicción y sudor que allí había tenido; si podía, deseaba limpiarle aquel tan penoso sudor, más acuérdome que jamás osaba determinarme a hacerlo, como se me representaban mis pecados tan graves; estábame allí lo más que me dejaban mis pensamientos con El, porque eran muchos los que me atormentaban..." (Vida, 9, 4). Es una oración que Teresa mantiene con fidelidad incluso en los momentos de crisis y se remonta a los años de su juventud, antes de que fuese monja. Es su testimonio: "Muchos años, las más noches, antes que me durmiese cuando para dormir me encomendaba a Dios, siempre pensaba un poco en este paso de la pasión del Huerto, aun desde que no era monja, porque me dijeron se ganaban muchos perdones, y tengo para mí que por gano mucho mi alma, porque comencé a tener oración sin saber qué era..." (Ib.).

La iniciación de Santa Teresa a la oración ha tenido, pues, un largo estilo cristológico. Ha personalizado su relación con Dios en Cristo, ha cristologizado su oración y su vida hasta entrar en una relación de intimidad con el Señor que le ha permitido penetrar en sus sentimientos humanos.

4. La crisis cristológica de Santa Teresa

No obstante eta clara experiencia que hemos ido anotando, se nota en la autobiografía teresiana una extraña crisis de abandono de la Humanidad de Cristo. Se trata de una crisis que coincide también con la crisis de la oración y de la vida.

La Santa se recrimina este momento difícil de su vida que juzga como una autentica traición y un pecado de ingratitud. De aquí sacara una serie de lecciones saludables acerca de la necesidad absoluta de Cristo en la vida de oración desde el punto de vista teológico, psicológico y moral.

Por un tiempo cedió a la fascinación de métodos de alta espiritualidad que le aconsejaban prescindir de la Humanidad del Señor. La cosa por el momento funcionó y Teresa se quedó engolfada en experiencias gratificadoras: "En comenzando a tener algo de oración sobrenatural, procuraba desviar toda cosa corpórea. aunque ir levantando el alma yo no osaba, que, como era siempre tan ruin veía que era atrevimiento; mas parecíame sentir la presencia de Dios, como es así, y procuraba estarme recogida con El; y es oración sabrosa si Dios allí ayuda, y el deleite mucho. Y como se ve aquella ganancia y aquel gusto, ya no había quien me hiciese tornar a la Humanidad, sino que en hecho de verdad me parecía era impedimento" (Vida, 22,3). Pero no siempre funcionaba aquella técnica, y entonces Teresa quedaba sumida en aridez, precisamente cuando más necesitada estaba de un encuentro real y personal con Cristo capaz de contrarrestar sus crisis interiores y de colmar su afectividad dispersa.

La crisis llegó a su colmo cuando abandonó la oración. La Santa siente este momento del abandono de Cristo y de la oración como la traición de Judas y la ingratitud de Pedro en el momento de la Pasión; la azuzaba el demonio con sutiles razones, entre ellas que la incoherencia de su vida de monja no se llevaba bien con el trato de amistad con Dios" (Vida, 19, 10-11).

Así, entre la tentación pseudomística y la incoherencia moral, Teresa consuma una traición a su amor, Jesucristo Dios y Hombre verdadero. De hecho, cuando la Santa vuelva de nuevo tras su conversión a un ejercicio metódico y fiel a la oración, con la ayuda de los jesuitas, será como un retorno a la oración primera y será también el principio de una total recuperación espiritual al amparo de aquella presencia que durante tanto tiempo le dio la vida y colmo las exigencias más hondas de su afectividad. Nos recuerda la Santa: Díjome el P. Diego de Cetina "tuviese cada día oración en un paso de la Pasión, y que me aprovechase de él y que no pensase sino en la Humanidad, y que aquellos recogimientos y gustos resistiese cuanto pudiese..." (Vida, 23,17). El remedio fue oportuno, era como volver a vivir y a respirar a pleno pulmón en el amor de Cristo y en la plenitud de una sensibilidad necesitada de presencia y afecto del Cristo del Evangelio. El fruto fue inmediato: "Comencé a tornar de nuevo amor a la sacratísima Humanidad" (Vida, 24,2),

Mientras tanto se había producido en la experiencia de la Santa un cambio fundamental: su conversión a Cristo. Y en este hecho ella había sentido una fineza de su amor, Cristo había salido a buscarla como una oveja perdida. Ahora era El quien tomaba la iniciativa de buscarla, de mirarla, de convertirla. Las meditaciones subjetivas se tornaban ahora experiencias objetivas. El Evangelio se repetía para ella como una realidad viva y verdadera que la iba a conducir a una total liberación interior. Cristo mismo bajó hasta el sepulcro de las mediocridades de Teresa; se le presentó allí donde se jugaba su fidelidad, en el mismo locutorio de la Encarnación y mientras se derramaba con una persona en conversaciones frívolas: "Representóseme Cristo delante con mucho rigor, dándome a entender lo que aquello le pesaba. Víle con los ojos del alma más claramente que con los del cuerpo le pudiera ver, y quedóme tan imprimido que ha esto más de veinte y seis años y me parece lo tengo presente. Yo quedé muy espantada y turbada, y no quería ver más a con quien estaba" (Vida, 7,6). El Evangelio se le ha hecho por un momento eficaz y verdadero, y Cristo se le ha metido en su vida como Salvador aunque con la seriedad de un juez.

Poco a poco aquella mirada interior le iba minando sus seguridades y exigiendo nuevas fidelidades. Cuando ante sus ojos vio la imagen del Cristo llagado y esta vez no era una visión subjetiva sino una imagen que se había traído al monasterio para una fiesta cuaresmal- aquel corazón ya estaba tierno y preparado para la crisis final de la conversión. Teresa parece repetir las palabras de Pablo: Me amó y se entregó por mí. Reconoce a Cristo como Salvador: Era de Cristo muy llagado; en mirándola toda me turbo de verle tal, porque representaba bien lo que pasó por nosotros" (Vida, 9,1).

Con la conversión va a iniciar el nuevo período cristológico en la plena revelación de Cristo a Teresa.

II.- LA REVELACIÓN DE CRISTO A TERESA EN SU ORACIÓN

La oración fue el espacio de la búsqueda y será ahora el lugar del encuentro. En sus meditaciones llenas de "simplicidades" se ha identificado con el Cristo del Evangelio en sus sentimientos humanos, con el Cristo de la Encarnación, de la Vida pública y de la Pasión. Ahora el Señor se le va a descubrir en la plenitud de sus misterios y en la síntesis de su Resurrección gloriosa. Los dos aspectos son importantes en la cristología teresiana; prevalece en su meditación la referencia a lo que podríamos llamar el Cristo histórico, del que tendrá que vivir los sentimientos para ser como El. Pero desde ahora el Señor Jesús se le revelará casi siempre en la plenitud de su misterio pascual, luminoso y lleno de majestad, con la carne glorificada. Pero en Cristo glorioso la Santa percibe con claridad la plena humanidad de la carne del Hijo de María y los sentimientos humanos de aquel que volviendo al cielo no ha abandonado su plena realidad humana. Sus palabras y sus gestos son humanísimos. Su humanidad no ha quedado absorbida en su retorno a la Trinidad. En la síntesis de la Humanidad Sacratísima - fórmula plena de fe católica- la Santa concentra todos sus sentimientos y convencimientos de su fe; Cristo es verdadero Dios y Hombre, es el Verbo Encarnado, el Crucificado y el Rey Glorioso. Para vivir, para ser discípula, la Santa fijará su mirada en el Cristo de la vida pública y de la Pasión, para imitar sus actitudes y vivir sus palabras. De esta forma la Santa consigue una síntesis que no es dualista, porque Cristo es el mismo en el ayer y en el hoy, es el que la vive por dentro y el que la quiere en todo semejante a El a través de la imitación de sus sentimientos humanos, hasta el culmen de la pasión donde Cristo se revela el modelo por excelencia del contemplativo, del místico, del santo cristiano que lleva en su rostro los rasgos de la divino-humanidad del Señor Jesús.

De esta forma la cristología teresiana es como una síntesis de la fe y de la predicación evangélica. En ella encontramos la cristología de los Sinópticos y de Juan atentos a la humanidad de Jesús. Hallamos también la cristología de Juan donde Cristo aparece como el Verbo Encarnado con la acentuación de su divinidad, con las características de su mediación hacia el Padre y en el don del Espíritu, y esa vida cristiana que es vivir por El y permanecer en El. Finalmente se nos revela la cristología paulina de un Cristo Resucitado con el que Teresa convive, en Cristo, sin que deje de grabar en su corazón y en su existencia cotidiana los estigmas del Señor Jesús.

Toda esta preciosa síntesis que aquí simplemente dejamos aludida es el fruto de la plena revelación de Jesucristo y de su comunicación vital hasta el vértice de la gracia del matrimonio espiritual y de la inhabitación trinitaria .De esta forma la Humanidad Sacratísima de Cristo llevará a Teresa hasta la revelación trinitaria por parte del misterio de la divinidad y la conducirá hasta la Iglesia y los hermanos en la plena identificación de Cristo con su Cuerpo histórico y real que es la Iglesia y con cada uno de los hermanos, como tendremos ocasión de ilustrar.

1. Revelación progresiva de Jesucristo

La revelación de Cristo a Teresa sigue una progresividad muy interesante. Ante todo una revelación de Cristo como Maestro y libro vivo, como Verbo eficaz y revelador de los misterios. Jesucristo se convierte en el Maestro divino, el hermeneuta de los misterios evangélicos, como si Teresa recibiera directamente del Señor las enseñanzas del Evangelio. Esta experiencia dejara huella en la pedagogía teresiana de la Oración. Ella nos aconsejara ponernos cabe el Maestro con la certeza de que El enseña sin ruido de palabras y va grabando a fuego sus enseñanzas en aquellos que se ponen bajo su magisterio interior.

- Cristo libro vivo. La revelación personal del Señor se va preparando a través de una serie de palabras progresivas que aseguran a Teresa la fuerza de la existencia del Señor y la eficacia de sus promesas. Queda lanzada hacia un horizonte nuevo. Así por ejemplo, escucha en momentos de soledad: "No temas, hija, que yo soy y no te desampararé; no hayas miedo" (Vida, 25,18). En otra ocasión: "¿ De qué temes? ¿No sabes que soy todopoderoso? Yo cumpliré lo que te he prometido". Estas. Estas palabras tienen la estructura y el contenido de unas revelaciones semejantes a las del A.T. en las manifestaciones de Dios. Son la preparación para la gran revelación de Jesús en el momento en que una represión cultural de la Inquisición española vacía la pequeña biblioteca de la Santa de libros espirituales y de los textos bíblicos en romance: "No tengas pena, le dice el Señor, que yo te daré libro vivo" (Vida, 26,5), Era el preludio de toda una serie de progresivas lecciones personales: "Ha tenido tanto amor conmigo para enseñarme de muchas maneras que muy poca o casi ninguna necesidad he tenido de libros; su Majestad ha sido el libro verdadero donde he aprendido las verdades. Bendito sea tal libro que deja imprimido lo que se ha de leer y hacer de manera que no se pueda olvidar!" (Ib.). Es una experiencia mística global de Cristo como Maestro que se refleja en una nueva comprensión de las verdades del Evangelio, aunque a veces se trate de una serie de palabras vivas que escucha la Santa de boca del Señor. Por eso podrá decir con frecuencia que el Señor fue siempre su Maestro y que muchas cosas de las que escribe se las decía este su maestro espiritual.

- Cristo presente. De las palabras a la presencia, de la presencia a la visión de su rostro, de sus manos y de todo el Cuerpo del Señor Resucitado. Esta va a ser la secuencia maravillosa de la revelación personal de Jesucristo que la Santa documenta con lujo de detalles. A la búsqueda de Teresa de ponerse cabe Cristo ahora responde el Señor: "Parecíame estaba junto cabe mí Cristo, y veía ser El el que me hablaba..." (Vida, 27,2). Ninguna duda la podía turbar a pesar de las preguntas indiscretas de sus confesores algo incrédulos. Confiesa Teresa: "Acá vese claro que está aquí Jesucristo, hijo de la Virgen...se ve nos acompaña y quiere hacer mercedes también la Humanidad Sacratísima" (Ib., 4). Poco después fue la experiencia de toda la Humanidad Sacratísima del Señor, en la gloria, belleza y majestad de la Resurrección. Una explosión de luz parece llegar a Teresa que se goza de Cristo, de una especie de visión de la claridad de Cristo en el Tabor y en la Resurrección, "luz que no tiene noche" (Vida, 28, 3,5-6) La celebración de la Eucaristía, con la comunión, le hace partícipe de la gloria de Cristo Resucitado. Lo contempla vivo: " Cristo vivo; y da a entender que es hombre y Dios; no como estaba en el sepulcro sino como salió de él después de resucitado" (Ib., 8). Se intensificarán las visiones y revelaciones de Cristo. La presencia será habitual, le parecerá que el Señor camina siempre a su lado derecho "testigo de todo lo que hacía" (Vida, 27,2). Las palabras del Señor, sus manifestaciones se irán haciendo cada vez más habituales y poco a poco irán culminando en otras experiencias de participación en sus misterios, hasta la gracia del matrimonio espiritual y la visión de la Trinidad a la que Teresa llegara de la mano del mismo Cristo.

Una lectura progresiva de las gracias cristológicas de Santa Teresa nos lleva a esta avasalladora presencia de Cristo que se revela de esta manera:

Teresa lo contempla siempre como resucitado aunque se le revele a veces para consolarla bajo los signos de la pasión ( Vida 29, 1-5). En el libro de la Vida vislumbra ya la presencia de Cristo en el seno del Padre (Vida 38,17), pero también con su imagen impresa y resplandeciente, como en un espejo en el alma del justo ( Vida ,40,5).

La inmensa belleza del Señor la llena de gozo y de fuerza ( Vida, 37,5; 38,21). Tiene conciencia de la presencia del Señor en medio de aquellos que le aman y sirven con amor ( Vida 34,17; 36,24).

La Relaciones están cuajadas de esta riqueza de experiencias cristológicas, sobrias en las palabras del Señor, ricas en la gracia de transformación de la persona.

No vamos a entretenernos en narrar estas gracias místicas. Ha sido suficiente haber visto cómo surge en la vida de la Santa esta respuesta del Señor Resucitado a la búsqueda perseverante y fiel de Teresa en la oración.

2. Lecciones acerca de la Humanidad de Cristo en nuestra oración y en la vida espiritual.

Todo el capítulo 22 de la Vida encierra una síntesis doctrinal acerca de la importancia de Cristo en la vida de oración y en la vida espiritual. Podemos resumir estos rasgos teresianos en algunos principios y orientaciones.

- Cristo en su Humanidad modelo de nuestra existencia. Desde su propia existencia Teresa contempla la humanidad de Cristo y en ella encuentra el "dechado", el modelo de la experiencia en esta vida. Sin la humanidad de Cristo nos faltaría el punto de referencia en el realismo de nuestra aventura, en la fragilidad de nuestro ser y en las situaciones dolorosas en las que tenemos que vivir. Sin Cristo estamos como en el aire, sin un punto de arrimo, sin una referencia realista para nosotros que somos humanos: "Es gran cosa mientras vivimos y somos humanos, traerle humano" (Vida, 22,9). O dicho con otras palabras: "Veía que aunque era Dios era Hombre, que no se espanta de las flaquezas de los hombres, que entiende nuestra miserable compostura, sujeta a muchas caídas por el primer pecado que El había venido a reparar. Puedo tratar como con Amigo aun que es Señor..." (Vida, 37,5). Hay como una necesidad biológica y psicológica en Teresa y en nosotros de descubrir la plena humanidad del Señor desde nuestra propia realidad, como respuesta salvadora, alentadora y libertadora: "Es muy buen Amigo Cristo, porque le miramos hombre y vémosle con flaquezas y trabajos y es compañía y, habiendo costumbre es muy fácil hallarle cabe sí, aunque veces vendrán en que lo uno ni lo otro se pueda" (Vida, 22,10). Cristo Crucificado es como el límite de los dolores y desarraigos y contradicciones en que nos podemos ver también nosotros. Y entonces es necesario mirarle en el límite de su experiencia humana en el abandono de la Cruz: "Desierto quedo este Señor de toda consolación; solo le dejaron en los trabajos; no le dejemos nosotros,que, para más sufrir. El nos dará mejor la mano que nuestra diligencia y se ausentará cuando vea que conviene y que quiere el Señor sacar al alma de si, como he dicho" (Ib.) No es extraño que la experiencia cristiana sufra a veces la ausencia de Dios como una identificación con el dolor del Crucificado.

Una sencilla cita, entre tantas, nos da la clave de comprensión de esta presencia ejemplar y alentadora de Cristo en la oración para nuestra vida concreta: " Pues si todas veces la condición o enfermedad, por ser penoso pensar en la Pasión, no se sufre, ¿ quién nos quitará estar con El después de Resucitado, pues tan cerca le tenemos en el Sacramento, adonde esta ya glorificado, y no le miraremos fatigado y hecho pedazos, corriendo sangre, cansado por los caminos, perseguido de los que hacia tanto bien, no creído de los Apóstoles? Porque, cierto, no todas veces hay quien sufra pensar en tantos trabajos como pasó. Hele aquí sin pena, lleno de gloria, esforzando a los unos, animando a los otros, antes que subiese al cielo, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento, que no pare ce fue en su mano apartarse un momento de nosotros" (Vida, 22,6).

De esta forma la Santa nos ayuda a fijar nuestra mirada en el modelo porque la vida cristiana es vivir como Cristo; solo se puede vivir en Cristo si se vive como El, partiendo de su vida, de sus compromisos y de sus actitudes vitales.

- Perenne valor de la humanidad de Cristo en la vida espiritual. Los teólogos de hoy - de K. Rahner a J. Alfaro y otros- no solo subrayan como Teresa la plena humanidad de Cristo en su existencia con nosotros -lo que llamaríamos el Cristo de la historia- sino también la perenne validez de la humanidad de Cristo en su vida gloriosa. Es la intuición teresiana defendida con pasión en su tiempo, de plena actualidad. Cristo es el único y absoluto mediador ante el Padre: "Mucho contenta a Dios ver un alma que con humildad pone por tercero (mediador) a su Hijo y le ama tanto..."(Vida, 22,11)."Este Señor nuestro es por quien nos vienen todos los bienes" (Vida, 22,7). "Para contentar a Dios y que nos haga grandes mercedes, quiere sea por manos de esa Humanidad sacratísima en quien dijo su Majestad se deleita... por esta puerta hemos de entrar..." (Ib. 6). Con mayor abundancia de argumentos teológicos y de textos bíblicos, si cabe, vuelve a repetirlo en el Castillo Interior: "Si pierden la guía que es el buen Jesús, no acertarán el camino... Porque el mismo Señor dice que es camino... que es luz y que no puede ninguno ir al Padre sino por El; y "quien me ve a mí ve a mi Padre" (Moradas VI, 7,6). Toda la cristología del Verbo Encarnado en San Juan esta implicada en esta reacción connatural de Teresa. Para ella la evidencia de su experiencia mística lo prueba: "Es muy continuo (en la séptima morada y aun antes) no se apartar de andar con Cristo nuestro Señor por una manera admirable, adonde divino y humano junto es siempre su compañía" (Ib. 9).

Con una característica sensibilidad litúrgica y eclesial, la Santa nos ayuda a teologizar este principio con dos observaciones. No podemos prescindir de la Humanidad de Cristo pues la Iglesia celebra los misterios de su carne en el año litúrgico: "No tendrá razón, si dice que no se detiene en estos misterios y los trae presentes muchas veces, en especial cuando los celebra la Iglesia católica (Ib. 11). Quien quisiere "pasar" de la Humanidad de Cristo corre el riesgo de depreciar o despreciar toda la estructura sacramental de la Iglesia ya que el contacto vivo con Cristo se realiza ahora por medio de los sacramentos que son como la prolongación de la Humanidad de Cristo. Con fina intuición lo dice Teresa: "Podría venir a hacer perder la devoción con el Santísimo Sacramento (Ib., 14). Quien no acepta la mediación de Cristo, no acepta ni valora la realidad sacramental de la Iglesia, de los sacramentos, de la comunidad, de los hermanos; corre el riesgo de un peligroso subjetivismo espiritual con visos de espiritualismo que en realidad no es cristiano, porque no es cristológico.

- La "teología teresiana" del cristocentrismo. Recientemente el teólogo protestante J. Moltmann ha escrito que en Santa Teresa se resume el antiguo adagio de los Padres de la Iglesia: "Dios se hace hombre para que el hombre es partícipe de la naturaleza divina..." La primera parte de este adagio la subraya Teresa con la gran insistencia en el principio de la Humanidad Sacratísima de Cristo. La segunda parte tiene su confirmación por su doctrina acerca de la oración que es camino de perfección y de divinización. La intuición del teólogo evangélico es certera. Pero lo es más todavía la doctrina de Santa Teresa a la luz de cuanto hemos estado viendo. El cristiano es invitado a recorrer un camino de deificación a partir de una vivencia cristológica en la que el Señor es modelo y molde de la transformación cristiana, mediador de la salvación y el principio de la nueva vida espiritual que es vida en Cristo. En la Encarnación tenemos el punto máximo de la condescendencia divina respecto a la humanidad : "Que ya el hombre es Dios", como dice una poesía teresiana navideña Y en la santificación del matrimonio espiritual tendremos la comunión perfecta con Cristo. La transformación del hombre: "particionero de la naturaleza divina" y "naturalizado con la vida de tu Dios", como dice la Exclamación 17.

- Convicciones profundas de la doctrina cristocéntrica. Yo resumiría en dos principios el equilibrio de la doctrina teresiana acerca de Cristo en esa afirmación conjunta de la humanidad y de la divinidad que son las dos naturalezas de Cristo en su única persona divina, según la más pura tradición eclesial de la Iglesia desde el Concilio de Calcedonia:

- Sin la humanidad de Cristo, no hay una autentica condescendencia de Dios, ni una salvación para lo humano, ni un modelo para la vida del hombre, ni una posibilidad de la comunión del hombre con Dios. En la humanidad de Cristo tenemos la fuente de la gracia, la puerta que lleva al Padre, el modelo de una existencia cristiana redimida y transformada.

- Sin la divinidad de Cristo, no hay posibilidad de salvación, de redención, de deificación a través de una vida que se comunica para transformar, para hacernos de la "condición" de Dios.

- En la humanidad y divinidad de Cristo, tenemos el principio de la santidad cristiana, y en el rostro de los santos cristianos, como en el de Teresa, aparece la conformación a Cristo en la fuerza de la divinidad y en la humanísima sencillez transformadora de la sociedad. El santo es también, como Cristo, divino y humano junto. Lleva por dentro la fuerza transformadora de la gracia y refleja externamente el rostro amabilísimo de Jesús de Nazaret en sus alegrías y en sus trabajos.

No es pues de extrañar, que uno de los últimos gritos cristológicos que se escapan de la pluma de Teresa, pocos meses antes de morir, al redactar la última fundación de Burgos sea esta confesión de fe, preñada de cariño y síntesis de sus amores fundacionales como Iglesia-Esposa: "Oh, verdadero Hombre y Dios, Esposo mío!"(Fundaciones, 31, 46). El contexto de estas palabras indica el realismo de su experiencia humana y divina, junto a aquel que en el lecho de la muerte llamará de nuevo "Esposo mío y Señor mío", como en el grito de la Esposa del Apocalipsis, con el deseo de verlo y de gozarlo definitivamente para siempre.

3. Una síntesis de cristología existencial a través de la oración.

En la experiencia vital de Cristo en la oración teresiana podemos encontrar una síntesis de la cristología existencial, de honda raiz tradicional y de perenne actualidad para nuestras, vivencias y opciones de hoy, Una cristología en la que se acentúa esa "pro-existencia" de Cristo o ese ser de Cristo y de Dios para el hombre, que tan bien ha comprendido por experiencia la Santa.

- Un Cristo como nosotros. Como hemos podido subrayar Teresa acentúa el como nosotros de la Encarnación y de la plena humanidad de Cristo, su condescendencia hasta identificarse en nuestra humanidad. A la vez, la Santa acentúa el como El de nuestra vida, de nuestra imitación constante hasta revivir sus misterios e identificarnos en esa plenitud de humanidad que es el rostro de Cristo Crucificado (Moradas, VII, 4, 8), hasta ser como EL servidores y esclavos.

- Un Cristo con nosotros. Es la cristología de la perenne presencia y amistad con la que el Señor nos acompaña siempre. Fue testigo silencioso de lo que Teresa hacía, compañero nuestro en el Santísimo Sacramento. Hay una experiencia global de lo que llamaríamos los diversos modos de presencia de Cristo en la Iglesia: la presencia eucarística, tantas veces experimentada por Teresa como evidencia de la presencia del Crucificado-Resucitado, en su palabra viva, en los sacramentos, en la oración comunitaria y en la misma comunidad, en lo íntimo del alma y de cada alma que lleva impresa la imagen misma de Cristo (cfr.Vida, 40,5). Por eso la Santa aconseja con finura una pedagogía del "caminar con Cristo" de tenerlo presente y de mirarlo junto a nosotros (cfr. Camino, 26), para revivir la misma experiencia de los discípulos que comprendían las palabras salidas "de aquella boca divina".

- Un Cristo para nosotros y por nosotros. Es la cristología de la redención y de la salvación. Cristo es el redentor y el salvador; en sus padecimientos y trabajos esta ese por nosotros de Teresa con que nos invita a mirar con confianza a Cristo en la alegría y en la tristeza, en el misterio de pasión y de Pascua, con la certeza de ser El para nosotros. Cristo se ha hecho para Teresa don absoluto, don del Padre y síntesis de otros dones ("El Espíritu Santo y esta Virgen..."). Un regalo que supone el compromiso de caminar con El: "Juntos andemos, Señor; por donde fuereis tengo de ir, por donde pasareis, tengo de pasar" (Camino, 26. 4-6).

De aquí surge el grito de Teresa, con el del autor de la Carta a los Hebreos 12,1: "Pongamos los ojos en Cristo nuestro bien..."; o la exhortación de la Santa semejante a la de Pablo a los Corintios (1 Cor 2,2): "Poned los ojos en el Crucificado,.." (Moradas, VII, 4,8). Es la mirada amorosa que garantiza la atracción interior y la imitación generosa: "Pues si nunca le miramos ni consideramos lo que le debemos y la muerte que paso por nosotros, ¿ cómo le podemos conocer ni hacer obras en su servicio...? ¿ Quién nos despertará a amar a este Señor?" (Moradas, II,11).

4. Hacia una cristología total teresiana

A través de la meditación de la humanidad de Cristo y con la revelación personal del Señor, Teresa, como Pablo, ha entrado en una comprensión global del misterio de Cristo. Es lo que podríamos llamar una "Cristología total teresiana" en la que se funden armónicamente toda una serie de aspectos con los que el Señor se revela y hace presente, está en comunión. Esta revelación del Señor en sus diversos aspectos tiene un elemento teológico, de comprensión del misterio de Cristo y un aspecto ético-espiritual o de compromiso.

Me permito sugerir solo este tema tan importante con una serie de referencias a la doctrina teresiana que pueden estimular nuestra reflexión.

Dentro de la problemática actual de la Iglesia creo que una cristología no reductiva en sus aspectos y compromisos puede iluminarse desde Teresa de Jesús. Veamos diversos aspectos y presencias de Cristo, la cristología total.

- La Cristología de la Encarnación y de la vida pública. En el misterio de la Encarnación y en los misterios de la vida pública Teresa ha centrado con amor la atención con una mirada llena de frescor y de plena comprensión de los sentimientos de Cristo. Un campo vastísimo de búsqueda y de análisis, como ya hemos notado, es el de los episodios, palabras y reacciones de Cristo en los Evangelios, citados por Teresa explícitamente, como signo de su meditación profunda y detallista. Esta cristología descubre a Teresa la realidad plenamente humana del Jesús histórico, apasionadamente defendida por la Santa. Y de aquí ella sacará la doble consecuencia, ya antes ampliamente aludida: el Señor es plenamente humano como nosotros. Su vida ilumina nuestros senderos y se convierte en el modo de ser nuestro, para que podamos vivir en El. viviendo como El. Cristo mismo es el Maestro que nos descubre interiormente este camino y nos indica la realidad que hemos de seguir e imitar.

- La Cristología de la Pasión. Hay una meditación detallista de todos los episodios y palabras de Jesús en la Pasión que se traduce en una invitación a la contemplación de "Cristo Crucificado" en la que descubre todos los dolores físicos, morales y espirituales del Señor, incluido su abandono en la Cruz. La contemplación suscita amor: "Que siempre que se piense de Cristo, nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos le mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene: que amor saca amor" (Vida, 22,14). En este culmen de la pasión Teresa ve por una parte el sumo amor de Cristo y el modelo sin igual de la fortaleza, de la humildad, de la obediencia. Cristo Crucificado es el "espiritual de veras" que tenemos que mirar para imitar en responder no con palabras sino con obras. La contemplación amorosa se torna motivo de servicio con esa finura con que la Santa le expresa: "su gloria tienen puesta en si pudiesen ayudar algo al Crucificado" (Moradas, VII,3, 6); "por solo servir a su Cristo Crucificado" (Moradas, IV, 2,9). En esta pura motivación del amor a Cristo hay una autentica expresión de lo que tiene que ser una existencia cristiana fuerte, generosa, entregada, ilusionada por la causa misma por la que el Señor dio su vida: al servicio de los hermanos y su salvación.

- La Cristología de la Resurrección. La revelación que Cristo hace de sí a Teresa es plenamente pascual, de Cristo resucitado y glorioso. Como hemos subrayado, en la persona de Cristo Resucitado Teresa ve con claridad la prolongación del Cristo de la historia, con la permanencia en El de sus misterios de pasión y de su verdadera humanidad; le hace ver que es el Crucificado-Resucitado, con sus llagas que le hace tocar en una ocasión, con la corona de espinas o la cruz a cuestas, pero siempre "la carne glorificada". Este Cristo Resucitado es el que vive en ella y con ella, el que penetra con su presencia espiritual su vida y su historia, compañero y testigo, vida interior y Esposo, el que la-vive-desde-dentro. Para Teresa esta contemplación de Cristo Resucitado es motivo de gozo por la victoria personal de Cristo y lo que supone para nosotros su triunfo, su Reino no tendrá fin. Es la posibilidad de revivir su existencia en esa vida escondida con Cristo en Dios que es principio de la vida nueva de todo cristiano que experimenta esta irrupción en su vida y siente la renovación (Moradas,V,2,4) Es el principio de la divinización. Para Teresa está unida esta revelación con la vida de Cristo en el seno del Padre (cfr. Vida, 38,17) pero desde la perspectiva de su Resurrección y en la plenitud de su Humanidad. Cristo Resucitado le comunica el don del Espíritu Santo y la lleva hasta el Padre, es el Revelador de este misterio, como aparece en todas las ricas y sugestivas visiones de la Trinidad (cfr. Moradas VII, 1,6 y en varias Relaciones: 16. 18. 25- 33. 47. 56. 57).

Cristo Resucitado ilumina la presencia del hombre interior, en la Iglesia y en la comunidad, en el hermano, como veremos enseguida, en esta otra vertiente del misterio del Señor presente en la tierra.

- Presencia de Cristo en la Iglesia. Cristo está vivo, vive en la Iglesia que es su Cuerpo y es su Esposa. La Santa percibe esta presencia gloriosa del Señor en este misterio eclesial, de mil maneras, en los aspectos característicos. Pero hay otro aspecto que conmueve a Teresa: la Iglesia es Cristo en sus sufrimientos. Hay una identificación muy sentida en esta frase de la Madre Teresa cuando siente los problemas de la Iglesia de su tiempo: "quieren tornar a sentenciar a Cristo...pues le levantan mil testimonios, quieren poner su Iglesia por el suelo..." (Camino, 1,5). El sufrimiento por la Iglesia es sufrimiento por Cristo con el que la Iglesia se identifica. Cristo sufre y es despreciado en la Iglesia dividida, criticada, atacada en el centro mismo del corazón eclesial que es la Eucaristía y el sacerdocio. A la comprensión dolorosa de este misterio del Cuerpo real de Cristo en la historia y en los miembros de Cristo la Santa responde desde una doble perspectiva. Amar a Cristo es amar a la Iglesia real, histórica de su tiempo, abrazar su causa y combatir su batalla espiritual por el Reino, como abanderada que mantiene altos los ideales de la vida cristiana para ayudar y entusiasmar a los demás miembros de la Iglesia militante, pero sin connivencias con las guerras de religión de Felipe II que critica por sus iniciativas bélicas. Sentir a Cristo en la Iglesia y en la Iglesia real, histórica, humana, servir a Cristo con amor; "o morir o padecer" es el grito del último capítulo de Vida, 40,20, que hay que comprender en la exégesis que la Santa hace una página más adelante: "Suplique vuestra merced a Dios, o me lleve consigo ("morir") o me de cómo le sirva ("padecer") (Ib., 23), que es servir por amor hasta dar la vida, la "mística del martirio". Teresa por ahora no muere; su lugar está en el servicio por amor, al Cristo que está en su Cuerpo, la Iglesia.

- La presencia de Cristo en la comunidad. Para Santa Teresa Cristo vive en la pequeña Iglesia de la comunidad o del grupo de amigos que están reunidos en nombre del Señor. Así lo ha experimentado ella en conversación con el P.García de Toledo (Vida, 34, 17). Así se lo promete el Señor y la Virgen para su pequeña comunidad de San José de Avila: "Y que él caminaría con nosotras" (Vida, 32,11; 33,14). Así lo experimenta varias veces (Ib. 36,24; Fundaciones, 16, 4). El Señor mismo le dice que es San José la morada de su deleite (Vida, 35, 12). Por eso para Teresa de Jesús cada comunidad religiosa es el "pequeño Colegio de Cristo", el grupo apostólico presidido por el Señor, es Betania donde Él está siempre presente. Toda esta convicción evangélica sufragada por experiencias espirituales y por sentimientos de paz y de gozo, de luz y de unidad, da a la convivencia de la vida comunitaria una dimensión mística: es el lugar de la presencia activa del Señor que es el dueño de la casa. De aquí que la comunidad tenga que vivir las consignas evangélicas del maestro, especialmente la caridad que "tan encargadamente encomendó el Señor a sus Apóstoles"; una falta de comunión supone echar de casa a vuestro esposo (Cfr. Camino 7,10). A una "mística de la comunidad" en la que está presente el Señor sigue una lógica consecuencia un compromiso de vida interna en el amor, una ascesis de la unidad para ser un grupo evangélico, cristocéntrico y apostólico como los doce que convivían con el Maestro, según la consigna de la Iglesia en el Decreto sobre la Renovación de la Vida Religiosa n. 15. Teresa nos indica el sentido pleno de la "comunión y participación" en la Iglesia a partir de esta experiencia espiritual de Cristo, como premisa para una evangelización eficaz que exige la unidad para que el mundo crea y para que haya fecundidad apostólica (Cfr. P.C. 15). La Santa concede una misión especial a este respecto a la presencia de Cristo en la Eucaristía, centro vivo comunitario de todas sus fundaciones, convivencia entrañable con El (Cfr. Fundaciones, 18,5), pero también sacrificio que ofrecemos al Padre, Pan sacratísimo que le presentamos, prenda que aplaca al Señor en esta tierra (Camino, 35), presencia inefable y comunión en nuestra existencia (Ib. 33-34).

- Presencia del Señor en los hermanos. La Santa sabe que Cristo está presente en todos los hombres que ella reconoce como "hermanos míos e hijos de Dios". Él está presente, según la teología del capítulo 25 de San Mateo, en los más pequeños: "Dejar la oración por cualquiera de estas dos cosas (caridad u obediencia) es regalarle y hacer por El, dicho por su boca: "Lo que hicisteis por uno de estos pequeñitos, hacéis por mí" ( Fundaciones, 5,3). "Los otros", son también morada donde Dios habita, hechura misma de Dios, su imagen y semejanza, personas con quienes Dios se comunica, por eso merecen amor y respeto. Es más, quien no ama al prójimo no ama a Dios, y quien sirve por amor al prójimo deja "a Dios por Dios" y posee más hondamente a Dios (Cfr, Exclamación 2). Por eso la regla del amor pone la prioridad en la "señal" que amamos a Dios porque amamos al prójimo. La Santa desarrolla una certera pedagogía del amor a los hermanos, positiva y negativa ( Camino, 6-7; Moradas V, 3; VII, 4, 4 y ss.). Ella misma nos da el ejemplo más sublime de amor y servicio de los más pobres. hasta en los últimos días de su vida, sellados por el servicio amoroso de los pobres en el hospital de la Concepción de Burgos, donde regala a los enfermos que al irse la reclamarán con añoranza por sus conversaciones y cariño.

He aquí una amplia síntesis de la experiencia teresiana de la oración centra da en el Evangelio y en la vida, con una sensibilidad para comprender el misterio de Cristo en su plenitud y vivirlo con intenso compromiso apostólico de servicio.

CONCLUSION

Teresa de Jesús nos brinda su rica experiencia del Señor Jesús para que des de su doctrina y pedagogía podamos revivir hoy nosotros nuestra experiencia de Cristo en nuestra Iglesia y en nuestra historia. No se trata simplemente de copiar o de repetir, porque las circunstancias eclesiales y sociales son diversas. Como diversas son las posibilidades apostólicas de servicio concreto a la Iglesia y a los pobres que ella en su tiempo no tuvo.

El que sigue a Cristo abraza su causa, como Teresa la supo abrazar en plenitud, abierta a esa visión de la Iglesia como Reino de Dios que padece violencia en la lucha.

Teresa de Jesús ha descubierto la plenitud del misterio de Cristo y nos la ha mostrado en todas sus facetas para que no la reduzcamos con visiones partidistas o miopes.

La Santa eligió la causa de los más necesitados y tuvo una sensibilidad especial por los pobres, enfermos, necesitados. Un testigo nos dice de la Madre: "Tenía por gran error no compadecerse de los que padecían trabajos por el hecho de que en ellos se pueden ganar méritos, y le parecía error muy grave no compadecerse unos de otros y ayudarnos cuanto pudiéramos; y me contaba que no le era posible pasar ningún día sin hacer algunas obras de piedad" (Ana de Jesús). Amó la pobreza y los pobres porque como recuerda su compañera Isabel de Santo Domingo: "Cristo con sus discípulos, pobre y gente humilde, había querido fundar la Iglesia, y aunque había habido escándalo, la obra de Dios se había hecho.."

El mismo Señor le recordó en una ocasión a Santa, Teresa que tenía que estar con los pobres y tener cuidado de los enfermos porque Él había, fundado la Iglesia con pobres pescadores y los que no se compadecen de los que sufren son como los amigos de Job.

Un reto teresiano desde Cristo para una vida como la suya y a su servicio. Si la oración nos descubre a Cristo en la plenitud de su humanidad es para que vivamos nuestra humanidad según la medida del Evangelio. Para vivir en Cristo, ideal contemplativo de Teresa y ofrecimiento que ella hace a todos los que siguen su camino de oración, hay que vivir como Cristo. Y Él nos indica el camino del amor y del servicio a los más necesitados, Por eso la búsqueda de Cristo en la oración nos descubre el rostro de Cristo en esos rostros de nuestros hermanos en los que Cristo está presente y nos pide ser servido por amor para que también ellos consigan una plenitud de vida cristiana en el desarrollo de su plena humanidad y de su divinidad de hijos de Dios.

AUTOR: P. Jesús Castellano Cervera, OCD

TEXTO TOMADO DE portalcarmelitano.org 

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